La evacuación
La sobresaltó un ruido extraño en medio de la noche. El día empezaba a clarear cuando se asomó, aún legañosa, al jardín. Se oía un gran barullo. En la carretera había un todoterreno de la Guardia Civil con las luces encendidas. Más allá del risco, el guardia discutía con unos vecinos. O, al menos, eso le pareció, por sus ademanes. Desde allí no podía oírlos y eso que siempre había presumido de su buen oído.
Detrás de las montañas, pasado el barranco, se veía un resplandor rojizo. Eso tampoco era normal. Arrugó la nariz cuando el viento le llevó el olor a quemado y lo comprendió todo. Se había declarado un incendio y las autoridades estaban evacuando la zona. Seguramente, sus vecinos no querían irse. Eran viejos. No tenían niños a su cargo, como ella.
Con una agilidad sorprendente para su edad, volvió a la estancia y despertó a sus ocho pequeños, los únicos que todavía vivían con ella. No hubo tiempo para recoger nada: las llamas avanzaban rápido barranco abajo.
Y así fue como los conejitos, con apenas tres semanas de vida, tuvieron que abandonar, detrás de su madre, el abrigo seguro de la madriguera.
R.J.R.
Getafe, 31 de julio de 2007.






