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Puerta cerrada

—Ya le he dicho que no puedo hacer nada.
—Si yo la entiendo, señorita, pero se trata de un caso de verdadera urgencia.
—Todo el mundo piensa que su caso es una urgencia. Lo siento, pero me temo que tendrá que esperar a mañana.
—Pero es que usted no lo comprende. Mi mujer acaba de salir de cuentas y puede ponerse de parto en cualquier momento.
—Le entiendo, pero ya he hecho todo lo que estaba en mi mano.

Era cierto. Unos minutos antes, había descolgado el teléfono y, tras mantener una breve conversación, le habían informado de que las puertas ya estaban cerradas y, por tanto, ya nada podía hacerse. Por ello, tras finalizar la llamada y siguiendo el protocolo, le indicó que se dirigiese al mostrador de información, para arreglarlo todo para el día siguiente.

—Usted sabe que no soy nuevo en esto. Si me ve por aquí casi todas las semanas.
—Sí, pero eso no tiene nada que ver.
—¿Cómo que no? Eso significa que no soy un dominguero. En más de diez años, esta es la primera vez que me ocurre algo así. Además, en todo este tiempo, ustedes jamás han sido puntuales. Excepto hoy, claro, justo cuando más lo necesito. Pero seguro que puede hacerse algo. Si no tardaría ni un minuto en entrar.
—Señor, ya le he dicho no hay nada más que pueda hacer. Solo seguir las normas. Por favor, vaya al mostrador de información donde le atenderán.
—¡Por favor!
—De verdad que lo siento, pero aquí no vamos a solucionar nada y tengo que seguir con mi trabajo.
—Usted no sabe quién soy yo. ¡Quiero el Libro de Reclamaciones!
—Señor, si quiere presentar una reclamación en el mostrador de información también le indicarán cómo hacerlo, pero…
—¡No hay peros que valgan! ¡Esto es un atropello! Claro, como ustedes tienen el monopolio, cobran lo que quieren y hacen lo que les da la gana.

Desesperado, elevó aún más el tono de voz y ella le respondió amenazándolo con llamar a seguridad. Perdido ya todo rastro de compostura, la acusó de no tener corazón, antes de empezar a insultarla. De su boca salieron toda clase de improperios. Incluso, llegó a mencionar el oficio de su madre. Sin embargo, todo fue inútil. Las puertas no solo habían cerrado hacía rato, sino que por aquel entonces el avión rodaba ya por la pista.

R.J.R.
Arucas, 12 de noviembre de 2013

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