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¿Vacaciones? No, maratón de gestiones

Viernes, 5 octubre 2007

Sabía que el nivel de relax –por no llamarlo vagancia– que había alcanzado tras llegar de Fuerteventura tenía que durar poco. Cuando uno vuelve a la Isla, siempre tiene mil cosas que solucionar. Yo intento hacerlo en el menor tiempo posible. Así se aprovecha mejor el tiempo. Pero no siempre es posible.

El grueso de lo que tenía que hacer lo había dejado para ayer. Tenía que hacer unas gestiones en la Universidad y otras el en Banco, además de recoger un certificado de la Escuela Oficial de Idiomas, que había solicitado el martes.

Aunque algo más tarde de lo que pensaba, ya que estoy de vacaciones y puedo permitirme que se me peguen las sábanas, me planté en Tafira. A las once y media la cola en la Administración de la Facultad de Ciencias Jurídicas era inmensa, así que fui a los departamentos de Ciencias Jurídicas Básicas y Derecho Público, donde debían sellarme unos documentos. Luego, di una pequeña vuelta por los edificios, en los que estudié los dos últimos cursos de la carrera. Han cambiado bastante desde que los ocupamos por primera vez en octubre de 1999, con mucha nostalgia de La Granja. Ganamos en comodidad y funcionalidad, pero se perdió en encanto. Mientras veía el paisaje de Tafira, no pude evitar volver a echar de menos el aire de la Avenida Marítima.

Decidí dejar el certificado para hoy y me fui al banco. Ir al banco supone invertir al menos una hora para algo tan simple como recoger una tarjeta de crédito. No porque tenga que hacer la cola –que también–, sino porque, como siempre se trata de alguna de mis antiguas oficinas, donde hay antiguos compañeros, acabamos hablando de cómo me va por Madrid y de cómo les ha ido este año. No obstante, reconozco que estas gestiones son mucho más agradables, sobre todo si las podemos hacer en el cuarto de hora del desayuno delante de una taza de café. Lo que, por otro lado, no es frecuente.

Hoy volví a la Universidad. Cogí un número para Administración –cuando yo estudiaba no daban números– a las diez y media. Entré a la una menos veinticinco. Salí diez minutos después con un abonaré que tuve que ir a pagar a La Caja, sobre la marcha y, así, agilizar el trámite. Lo pagué en la oficina del antiguo edificio de Empresariales. Esa sucursal tampoco estaba ahí cuando yo estudiaba. Con las tasas pagadas volví a la Facultad y esperé, esta vez sin número, a que la chica que me atendió quedara libre para entregarle el papel. Me dice que en cinco días debo volver. Era ya casi la una y veinte.

Estuve esperando casi tres horas para solicitar un simple certificado de mi antiguo expediente. Por cierto, que tuve ganas de decirle que le entragaba una foto de carné para que la cambiara por la que aparecía en mi expediente en el ordenador. He perdido una mañana y todavía tengo que volver a recogerlo, fotocopiarlo y llevarlo al Registro General, en Murga, a que me compulsen las fotocopias. Otra mañana perdida.

Y a esto hay que sumar dos chaquetas que llevé al tinte, cambiar la correa de un reloj en la joyería, comprar cosas que no consigo en Madrid, una revisión médica… Esto no son vacaciones. Es una maratón.

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