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Para el arrastre, tras el rastro

Domingo, 9 diciembre 2007

En Madrid, los domingos son días de rastro. El rastro en Madrid es como el mercadillo de Teror multiplicado por una ingente cantidad de puestos y personas y quitando los panes, los bollos de las monjas del Císter y los chorizos de Teror. Además, lo más parecido a la basílica del Pino que te puedes encontrar es el teatro de La Latina. Eso, si te desvías un poco.

Creo que entre el año y pico que llevo viviendo en Madrid y mis anteriores visitas a la capital, apenas he estado en el rastro cinco veces. Aunque he ido en distintas épocas del año, cada vez que regreso a casa, tengo la misma sensación: estoy para el arrastre.

Haga frío o calor, llueva o esté el tiempo soleado, sea verano o invierno, en el rastro siempre hay gente. Demasiada gente. Cuando llegas a la calle y miras hacia arriba, lo único que ves son dos ríos de cabezas. Uno sube y el otro baja. Te incorporas hacia el que te interesa y empiezas a andar, a paso de auténtica tortuga, parándote cuando cualquiera de los que van por delante de ti decide mirar algo en un puesto. También te tienes que parar cuando se forman los cuellos de botella.

Por culpa de la gran cantidad de gente y de la presión de estos dos ríos, apenas puedes pararte a mirar nada, además de que la mitad de las cosas no me interesan y los gritos de los gitanos -o de los que no son gitanos- voceando sus mercancías me dan dolor de cabeza.

Sin embargo, a mi hermano y a mi madre les gusta ir, aunque siempre lo han hecho por separado y apenas compren nada. Acaso unos calcetines de colores. Hoy tocó llevar a mi abuela, lo que suponía un reto mayor. Y me llevé una sorpresa, porque, a pesar del gentío, aguantó la más de hora y media de paseo en una agradable mañana de diciembre prenavideño, sin una sola queja. 

Tengo que reconocer que el rastro sí sirve para encontrarte algún famoso. En agosto, por ejemplo, nos cruzamos, entre la multitud, con Pablo Carbonell. Pero, definitivamente, un fugaz vistazo a un rostro conocido -que no tiene otra utilidad que presumir ante los amigos y llenar unas líneas en este blog- no compensa pasar un par de horas embutido en una multitud, andando a pasos cuatro veces más pequeños de los que sueles usar.

Quizás, el problema no sea del rastro, sino de que hay demasiada gente en esta ciudad.

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2 comentarios leave one →
  1. Lunes, 10 diciembre 2007 6:31 am

    Holaaa, me has puesto la sonrisa en la cara al leer este post. He estado en el rastro de Madrid en un par de ocasiones hace tiempo, cuando era tan obligatorio como visitar la puerta del sol y el kilometro cero. Yo iba todo paranoico porque mi familia de Madrid me advertia de tener la cartera controlada con tanto roce y compresion involuntario y aun asi tiene para mi un sabor muy castizo y propio, aunque no te compres nada. Lo del gentio es ya comun en todas partes, ya sea el rastro o un centro comercial generico de estos que abundan aqui en USA donde riadas humanas se endeudan de forma casi compulsiva! Un saludo a los madriles de un canario en USA.

  2. Lunes, 10 diciembre 2007 1:42 pm

    La paranoia de la cartera es otra… Yo intento evitarla llevando encima lo mínimo imprescindible y, por supuesto, el abono de transporte en un bolsillo diferente. En cuanto a la cantidad de gente, no quiero ni contarte cómo estaba el centro este fin de semana con lo del puente. Saludos! 😉

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