En tierras del Quijote
Después de un año sin poder acudir —por motivos que no vienen al caso— a ninguna cita a las que con carácter más o menos o semestral nos convoca ese heterogéneo grupo de personas —cada una de su padre y de su madre, y de casi cada una de las cuatro puntas de España— del que nunca sabré por qué me dejan formar parte, este pasado fin de semana he podido cumplir de nuevo con la tradición y perderme durante tres días por unas tierras que se sitúan en el corazón del Quijote y, lo que es más importante, con la mejor compañía que, incluso en este momento, se me antoja posible.

Porque, más allá de haber descubierto la belleza de un atardecer en los molinos de Mota del Cuervo, junto a los secretos de la maquinaria de precisión que los hace funcionar y que nada tiene que envidiar a la de los relojes suizos; más allá de conocer las entrañas del castillo de Belmonte, que más que fortaleza era palacio, aunque a nuestros días haya llegado en una forma que lo hace prácticamente irreconocible si se compara con la que debió de ser su fisonomía original; o más allá de haber recorrido las calles de El Toboso siguiendo las huellas de don Quijote y Sancho Panza en busca de Dulcinea hasta llegar a la que bien pudo haber sido su casa… Más allá de todo eso, decía, este Treffen ha constituido una auténtica inyección de energía y moral ante unas semanas —quizá meses— que, de nuevo, se anuncian inciertos.
Llegar a la cena del viernes —gracias infinitas a José Ángel y María José no solo por haberme llevado desde y de vuelta a Madrid, sino por casi hablarme adoptado durante todo el fin de semana— y ver una multitud de caras ya muy conocidas junto a otras que aún no había tenido la ocasión de desvirtualizar, pero que ya sentía como amigas, fue lo más parecido a una inyección de optimismo que puedo imaginarme.
Gran parte de la culpa de ese resultado la tiene la exquisita organización de Isabel María, que con la siempre inestimable ayuda de mamá Malen y Paco, el reportero más dicharachero de Tomelloso (creo que no llegó a decir de dónde es en todo e fin de semana), se desvivió por cumplir uno de sus sueños y permitirnos vivir una experiencia inolvidable imbuidos en la historia, los paisajes, la gastronomía y las tradiciones tradiciones de unos pueblos de La Mancha que se disputan el haber sido ese lugar de cuyo nombre Cervantes no quiso acordarse.

Una disputa que, y esto es una opinión personalísima, me parece absurda, porque si el autor de las desventuras de ese Quijote que guió nuestros pasos durante todo el fin de semana prefería olvidar de qué pueblo se trataba igual sus motivos, me atrevo a pensar que por no muy agradables circunstancias, tendría.
Pero más allá de estas típicas rencillas entre vecinos, propias de casi cualquier rincón de España —e incluso del mundo— que más de una sonrisa nos arrancaron, gracias a las siempre incisivas pullas de un tomellosero de infinita paciencia con las bromas —muchas de ellas mías, lo reconozco (y aun así me continúa dirigiendo la palabra)—, en torno al tamaño de su cabeza, este treffen destacará por, como decía alguien ayer en la despedida, haber regresado al espíritu de los treffen originales.
Creo que no me equivoco si afirmo que, en efecto, este ha sido el treffen menos multitudinario desde la pandemia. Y esta circunstancia, el no haber llegado a superar la cuarentena de personas en los momentos de mayor afluencia, ha permitido una mayor interacción entre todos los participantes —aunque siempre, y eso es inevitable, acabes hablando más con unos que con otros— y que todo transcurriera en una armonía que hacía mucho que no recordaba.

Permitió, incluso, que viajara desde Gran Canaria cargado con material que muy amablemente me cedieron en la oficina de la candidatura de Las Palmas de Gran Canaria a Capital Europea de la Cultura 2031 para promocionar esta iniciativa entre los compañeros y, quién sabe, gestar la posibilidad de que la isla pueda convertirse en sede de un treffen en un futuro muy lejano. Algo que antes de este fin de semana consideraba totalmente imposible pero que hoy veo con otra perspectiva.
De materializarse, sería, sin duda, un treffen tan inolvidable como el que este fin de semana nos ha llevado a compartir momentos irrepetibles por esas tierras del Quijote.
Ps: Si se diera el caso de que llegara organizar ese Treffen en Gran Canaria, su crónica no estaría escrita en un iPad mientras espero la salida de un vuelo que me devuelva a la rutina, la realidad y la Isla. Y, por tanto, estaría libre de todas las erratas y jugarretas del autocorrector que, a pesar de las tres revisiones que ha soportado el texto, seguro que se me han escapado.

