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Así es el cine

Era una fría noche de invierno cuando la gran estrella Marlene Star llegaba a su enorme y lujosa mansión de Hollywood. Tras dos meses de intensas vacaciones en las paradisíacas playas de las Islas Hawai necesitaba descansar unas semanas antes de volver al trabajo.

Su casa estaba impecable. Dorothy, su ama de llaves, se había encargado de que así fuese. Ella se había ocupado de que estuviera inmaculada durante todo el tiempo que Marlene había estado ausente, no en vano en eso consistía su trabajo. Pero había algo en la casa que no era normal. Estaba más fría que de costumbre. No era por la fresca madrugada de enero, que contrastaba enormemente con el cálido sol hawaiano, ni tampoco porque alguien hubiera olvidado apagar el caro aparato de aire acondicionado. Era, simplemente, otra cosa.

Marlene no quiso dar más importancia al hecho, ya que sabía muy bien por qué estaba tan fría la casa: le faltaba calor humano. Sí, allí vivían ella y Dorothy, fiel acompañante desde su niñez al otro lado del Atlántico, y muy cerca el resto del servicio, junto a la entrada de la finca, en una pequeña casita que él había mandado construir.

Pero no, eso no era posible recordarlo. Era mejor dejar igual de fría la casa y tratar de ignorar su gélido aliento interior, que dejar correr las cálidas lágrimas. Ella sabía que eso no era una opción. Nunca se lo había permitido e iba a tratar de que esa noche no fuese la primera vez.

Su representante se despidió de ella y se marchó, pero vio algo en sus ojos que lo dejó varios segundos quieto ante la puerta. Era una mirada que ella jamás habría logrado dar en la más triste de las escenas de la más triste de sus películas. Superado ese instante de hiriente turbación, se fue.

Ella entró en la casa. Sobre la mesa del hall se amontonaban varios guiones que debería estudiar superficialmente para, luego, desecharlos uno a uno y mantener intacta su reputación. Ese era su mayor y, tal vez, su único placer. Convenció a Dorothy de que no quería cenar y de que no iba a lograr que comiera, subió a su dormitorio y, tras enfundarse un fino camisón de seda blanca, se dejó caer sobre las frescas y olorosas sábanas. Conectó el moderno equipo estereofónico y de sus entrañas comenzó a brotar una tristísima canción en español.

En ese instante, la fría casa y el resto de sus ocupantes ‑Dorothy y alguna de las doncellas‑ quedaron helados. Nada bueno se avecinaba. Hacía años que ella no soportaba esa música que, según decía, tantos recuerdos de juventud le traía. Sí, hacía exactamente cinco años que no escuchaba ninguno de sus discos favoritos, precisamente desde la noche en que él… Sí, desde la noche en que él se marchó para siempre de la vida. Desde entonces ya nada fue igual.

Nada fue igual, sobre todo porque dentro de ella algo estaba cambiando y eso, al menos, le habría hecho estar unida a él para siempre y más allá de la muerte, pero esa maldita curva hizo que perdiera cualquier posible lazo de unión con él. La carretera que tantas veces habían recorrido como dos enamorados cualesquiera y en la que otras muchas veces más se habían jurado amor eterno acabó con su amor. Tras el accidente nada fue igual y eso todos los sabían. Ella trató de olvidar refugiándose en su carrera y manteniendo largas temporadas de abundantes flirteos con frívolos actores, engreídos modelos o estúpidos cantantes. El estrellado firmamento de Hollywood fue testigo de excepción de como una de sus mejores estrellas trataba de superar con trabajo y una más que completa vida social la muerte de su esposo. Pero, a partir de ese momento, sus trabajos ya no fueron lo mismo. Su antigua naturalidad y magnetismo ante la cámara se habían ido apagando poco a poco, transformándose en una actuación fría y distante, aunque, aún así, sus trabajos resultaban magníficos e, incluso, merecedores de un Óscar. Todo acto que se preciara necesitaba de la presencia de la magnífica Marlene Star.

Pero esa noche nada era así. Cinco años hacía del fatídico accidente. Cinco años evitando nombrarlo, verlo, recordarlo. Una ardua tarea que se había visto rota, inútil, cuando un estúpido e insignificante chofer escoge esa fatídica carretera, maldita y cerrada al tráfico para ella, para conducirla a su casa. En aquel momento, al tomar esa curva, su corazón volcó como aquel deportivo rojo en el que tantos momentos felices habían pasado juntos, quedando dividido en miles de pedazos. Esa era la razón de la frialdad de su casa, la misma que tantos años había aguantado sin quejarse su destrozado corazón y que, cansado de ella, esa noche se había propuesto estallar. La frivolidad de los últimos cinco años estaba a punto de desaparecer para siempre.

Aquella curva que hacía cinco años le había robado a la persona que más quería en el mundo, y a la que, aún sin llegar a conocer, más podría haber llegado a querer, se había salido con la suya. Justo cinco años después estaba a punto de lograr su objetivo. Las lágrimas comenzaban a correr por su hermoso rostro, llevando algo de calor a su fría casa pero, tras cinco años de incesante represión, resultaba demasiado tarde.

Dio las buenas noches a Dorothy, cerró su puerta con llave, escribió un par de cartas a sus más íntimos amigos, y, entre sollozos tomó una decisión firme. La misma decisión que había tomado cinco años atrás, pero que había estado aplazando hasta esa noche, en la que empujada por sus recuerdos hizo acopio del valor que nunca creyó que tendría. Volvió a poner su canción, ésa que él siempre le cantaba y que, si antes le hacía reír, al recordar el día en que se conocieron, ahora siempre le hacía llorar. Cuando la música dejó de sonar, Dorothy sintió un escalofrío recorrer su espalda y entonces lo supo. Al día siguiente, Hollywood también. Hoy, la Meca del Cine llora por Marlene Star, Dentro de poco, todo volverá a ser igual. Pero, así es el cine.

R. J. R.
Las Palmas de Gran Canaria, 24 de abril de 1997.
Revisión, Arucas, 22 de julio de 2006.

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