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Santander, Día 13: La ciudad de las cuatro mentiras

Sábado, 19 julio 2008

Siempre se ha dicho que Santillana del Mar es la villa de las tres mentiras, puesto que ni es santa, ni es llana, ni tiene mar. Nunca me ha gustado dar los tópicos por ciertos, así que pensé que lo mejor sería comprobar su veracidad en primera persona. Lo que no pensé es que, antes de poder decidir sobre esas tres mentiras, tendría que añadir una cuarta a la lista.

A escasos dos kilómetros del casco de Santillana se encuentra la Cueva de Altamira, máximo exponente del arte rupestre del Paleolítico Superior y visita obligada, siempre que se haya tomado la precaución de reservar una entrada con anterioridad, puesto que la afluencia turística suele ser bastante elevada y no siempre hay disponibles en la taquilla del museo.

Sin embargo, hay que ser consciente de que no se va a visitar la Cueva de Altamira, sino una reproducción de la misma. Desde que en 1879 Marcelino Sanz de Sautuola descubriese las pinturas, la cueva ha estado sometida a una gran presión externa que cambió las condiciones de su microclima interior, amenazando seriamente su conservación. Por ello, en los años ochenta se decidió restringir el número de visitantes anuales. En la actualidad, la cueva se encuentra cerrada, mientras se elabora un estudio sobre su estado de conservación y un nuevo plan de conservación.

Así que hasta que concluyan estos estudios, hay que conformarse con visitar la Cueva de Matrix, digo, la Neocueva -lo siento, pero no he podido resistirme a hacer un chiste tan malo-. La Neocueva, que se encuentra dentro del propio museo, es una reproducción a escala real de la cueva original, por la que se hace una visita guiada en la que se explica el modelo social y las condiciones de vida que se cree tuvieron los habitantes de la zona hace 15.000 años, datos que pueden ampliarse en las salas del museo, dedicadas a “los tiempos de Altamira”.

Aunque constituya la cuarta mentira de Santillana, merece -y mucho- la pena recorrer el camino que lleva desde la entrada de la villa hasta el museo y visitar la Neocueva. Además, la entrada sólo cuesta 2,40 euros -o 1,20 si es reducida-. Además, si el día está ligeramente nublado y el calor no aprieta, es una gozada andar, cuesta arriba, eso sí -¡vaya, ya no es llana!- esos dos kilómetros, respirando naturaleza y tranquilidad.

Después de visitar Altamira, es el pueblo el que merece toda la atención del visitante. Cuando se va hasta Santillana uno no puede sustraerse al encanto medieval de sus calles -da igual que en los bajos de casi todos los edificios haya florecido una cafetería o una tienda de recuerdos-, ni dejar de admirar edificios tan singulares como el Palacio de los Velarde, las casas de “los Hombrones”, de los Cossío o de los Quevedo o la Torre de Don Borja, hoy sede de la Fundación Santillana.

Por supuesto, no hay que olvidarse de La Colegiata de Santa Juliana, cuya visita es casi inexcusable, aunque a uno se le quiten las ganas después de leer una placa en la entrada de la iglesia en la que se prohíben las visitas a la misma, si no se pasa, previamente por taquilla, cuyo precio único es de 3 euros. Lo mismo que cuesta, por cierto, la entrada del Museo Diocesano Regina Coeli, que también se encuentra en la localidad.

No digo que me parezca del todo mal que haya que pagar por visitar una joya del románico, como es el claustro de la Colegiata, pero sí es cierto que no todo el mundo puede permitirse pagar tres euros para contemplar un monumento. Si en casi todos los museos existen reducciones y exenciones para jubilados, parados o estudiantes, ¿por qué aquí no? Máxime cuando la Iglesia mantiene otras vías de financiación.

Sin embargo, aunque fastidie, merece la pena pagar los tres euros.

Y, si no, también puede dedicarse el tiempo, simplemente, a seguir paseando por las calles empedradas de la villa, entre edificios de los siglos XII, XV o XVIII y rodeado de una marea de turistas, en un lugar en el que el tiempo parece haberse detenido casi por completo.

En un lugar al que hay que volver porque, a pesar de su encanto, me volví a Santander sin descifrar si es santa y si, detrás de una de las montañas que la rodean, acechaba, escondido, el mar.

Santillana del Mar, un sábado cualquiera

Santillana del Mar, un sábado cualquiera

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