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Santander, Día 14: “Si habría del noreste, abría”

Lunes, 21 julio 2008

En la Cornisa Cantábrica es imposible hacer planes de un día para otro. Lo mejor es, al levantarse, asomarse a la ventana y ver cómo ha amanecido el día. En función de lo que se vea, uno ya sabe si puede ir a la playa, al campo o, mejor, quedarse resguardado y bajo techo. Esto último es lo que debí haber hecho en mi último día en Santander. Sin embargo, salí. Tampoco tenía elección.

Este domingo tenía pensado ir a Somo, pero el cielo encapotado y la llovizna que caía sobre la bahía de Santander me hicieron cambiar de planes. Y eso que en recepción, al dejar la maleta que recogería por la tarde, me dijeron que seguramente el día se levantaría. Era una llovizna fina y hacía bochorno, así que me arriesgué a salir sin paraguas. Probablemente me arriesgué demasiado. Y me equivoqué.

Para cuando llegué a la parada de la guagua, después de haber recorrdo toda la península de la Magdalena, había empezado a llover algo más de fuerza, aunque tampoco mucha. A mi lado, un hombre, jubilado desde hace años, se lamentaba del tiempo. Decía que había llegado a la playa a las nueve de la mañana, había paseado, se había bañado y ya se volvía para casa, aunque apenas eran las diez y media. Según él, el día no mejoraría, porque no hacía viento.

En cambio, y según su opinión, “si habría del noreste, abría”. Pero no había del noreste y tardó mucho en abrir.

Así que al llegar al centro de la ciudad, compré un periódico en un quiosco del Paseo de Pereda y me fui a una cafetería a leerlo tranquilamente y a conciencia, como cualquier otro domingo, delante de una taza de café. Cuando acabé, apenas llovía ya, me acerqué a la Fundación Marcelino Botín a ver una exposición de Jean-Michel Basquiat.

Las calles ya habían comenzado a secarse cuando salí, por lo que me dediqué a callejerar por algunas zonas por las que aún no había estado y, de paso, visité algunas casetas más, para abrir boca con sus respectivos pinchos, hasta que se hizo la hora de comer.

La Catedral fue mi siguiente visita, mientras esperaba una llamada de Marta, que acababa de llegar a la ciudad y con quien había quedado para pasar parte de una tarde que empezaba a despejarse.

Con Marta fui a tomar café al Hotel Real, cuyos baños pude comparar con el servicio de caballeros de Las Hijas de Florencio, otra de las curiosidades que me había recomendado visitar.

De allí nos fuimos al aeropuerto y el resto del día, ya es historia. Junto con las ganas de visitar Somo, me vine sin haberme tomado un último helado -inmenso- de jaspeado de moka y nata de Regma, heladerías en las que, pese a haber una casi en cada esquina, siempre había que hacer unos quince minutos de media de cola.

La llegada a Madrid fue el regreso a una rutina y a una realidad que, junto con la bofetada del aire caliente, me trajo la desagradable sorpresa de encontrarme con que se había saltado el diferencial del piso y, con ello, todo lo que tenía en el congelador se me había echado a perder.

Anoche, mientras llenaba hasta seis bolsas con la comida estropeada y con la maleta aún por deshacer, no pude dejar de pensar que ya echaba de menos el estrés de Santander.

Homenaje a los "raqueros", con el edificio del Club Maritimo al fondo

Homenaje a los "raqueros", con el edificio del Club Marítimo al fondo

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