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Una historia corriente

Miércoles, 20 octubre 2010

La mayor preocupación de casi todo escritor a la hora de abordar una nueva obra es la de encontrar una historia que apasione al lector, de forma que se enganche a ella y le sea imposible dejar de leer hasta acabar el libro. Sin embargo, en demasiadas ocasiones eso no es posible y esa gran historia que quiere transmitir el autor se queda en un mero intento; en una obra mediocre más. Hay novelas que, en cambio, sin pretender contar nada extraordinario, son capaces de enganchar al lector a lo largo de sus páginas.

Los caracoles no saben que son caracolesÉse es el caso de Los caracoles no saben que son caracoles, primera novela de la televisiva Nuria Roca, quien, en un claro desafío al sistema editorial establecido, propone al lector adentrarse en la corriente vida de Clara, una treintañera divorciada, madre de dos niños y pluriempleada que no atraviesa su mejor momento. Una vida no muy diferente a la de cualquier persona que pueda estar leyendo esta reseña.

Sin embargo, mediante bastantes dosis de humor y algo de ternura, Roca consigue que el lector desarrolle una gran empatía por el personaje principal y comience a devorar las páginas de la novela, a pesar de que la vida de Clara sea casi tan normal y corriente como la suya propia. Porque, a pesar de su ligera tendencia a meterse en líos y de que, por momentos, su vida parezca ir de mal en peor, la protagonista de Los caracoles no saben que son caracoles, se parece muy poco a la patosa Bridget Jones y, por supuesto, nada de lo que le ocurre tiene parecido alguno con la vida de la antiheroina británica

Pero tampoco hay que engañarse. La novela de Nuria Roca no es el libro del año. Quizá precisamente porque juega conscientemente con esa idea de que narra la vida corriente de una persona corriente, que ni tan siquiera ha presenciado un asesinato –hecho que debe incluirse en cualquier novela para que sea comercial, como asegura un personaje en un guiño a la propia historia–, uno termina de leer el libro y no sabe muy bien qué ha pasado.

A diferencia de lo que ocurría con la hilarante Un pequeño inconveniente, en la que el surrealismo que rodeaba la vida de sus protagonistas iba creciendo exponencialmente a medida que se acercaba el final, los problemas de Clara podrían haber sido los de cualquier habitante del mundo real.

Sin embargo, esa ausencia de un final apoteósico, que provoque una catarsis en la vida de la protagonista y ponga fin a sus (no demasiado) angustiosos problemas, llevándola a una felicidad absoluta, no impide en absoluto que el lector pueda pasar un par de deliciosas tardes inmerso en una narración ágil que rebosa humor casi en cada una de sus páginas.

Es cierto que en ocasiones ese humor resulta algo (digamos) burro, pero es precisamente esa circunstancia la que hace que uno se sienta aún más identificado con esta historia vulgar y corriente en la que una treintañera divorciada, madre de dos niños y pluriempleada, que no atraviesa su mejor momento, ayuda al lector a descubrir la importancia que tiene el hecho de que los caracoles no sepan que son caracoles.

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