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El libro del futuro

Hace muchos años, vivió en una pequeña y lejana aldea un anciano que aseguraba poseer un libro mágico en el que, como si de un diario se tratara, estaba escrito el futuro de todo aquel que lo leyera. Sin embargo, lejos de serle de alguna utilidad en sus negocios, el libro era una verdadera carga, ya que sobre él pesaba una maldición que castigaba a quien intentara utilizarlo en su provecho.

Así, el viejo y sus tres nietos, de quienes se había hecho cargo al fallecer sus padres en un trágico accidente, malvivían gracias a lo poco que obtenían por las cosechas de unas tierras de cultivo que, junto con el libro, constituían el escaso patrimonio de la familia.

La mayor parte de los habitantes del pueblo nunca creyó que la historia del libro fuese cierta y, simplemente, pensaba que el anciano estaba un poco loco. Se preguntaban cómo era posible que un libro tan viejo y estropeado -apenas medio centenar de hojas amarillentas, precariamente cosidas a una cubierta de piel cuarteada- pudiera contener el futuro de todo aquel que lo leyera. Ni siquiera sus propios nietos, a quienes nunca había permitido leer el libro, dado lo peligroso que podía llegar a ser, le creían. Para ellos era otra de las excentricidades del abuelo.

Pero no todo el mundo en el pueblo pensaba lo mismo. El acalde, un verdadero cacique que se enriquecía a costa de la pobreza de sus vecinos, estaba convencido de que el libro tenía poderes mágicos y que gracias a él podría anticiparse a los hechos futuros para aumentar aún más su enorme fortuna. Muchas veces había intentado comprarlo, pero el anciano jamás accedió a sus deseos.

El alcalde sabía que los nietos del anciano deseaban con todas sus fuerzas marcharse de aquella aldea y vivir como señores en la gran ciudad y que nunca conseguirían ahorrar el dinero suficiente para poder llevar a cabo su sueño. Por ello, una noche en que los encontró emborrachándose en la taberna, mientras se quejaban de su mala suerte, decidió proponerles que robaran el libro, a cambio de noventa y nueve monedas de oro, cantidad más que suficiente para vivir una larga temporada sin preocuparse por trabajar.

-¡No podemos hacerle eso al abuelo!- exclamaron casi al unísono, cuando el alcalde acabó de formular su propuesta-. Además, el libro castigará a todo aquel que intente usarlo en su provecho- respondieron, más por costumbre que porque realmente creyeran en la maldición.

Un par de frases del alcalde restando valor a la maldición, unidas al efecto de otra jarra de vino y, sobre todo, al brillo de las monedas al caer sobre la mesa, acabaron de vencer los escasos prejuicios de los tres jóvenes. Dos días después, aprovechando que, como todos los domingos, el abuelo había ido a visitar la tumba de su esposa, rompieron el candado del baúl donde guardaba el libro y corrieron a casa del alcalde a cobrar sus noventa y nueve monedas de oro.

Tan pronto como los nietos del viejo se hubieron marchado, el alcalde se encerró en su despacho y se dispuso a leer cuánta riqueza y prosperidad le depararía el futuro. En su ansiedad, apenas prestó atención a la advertencia que figuraba en la primera página: “Quien pretenda utilizar lo que aquí lea en su propio beneficio recibirá un castigo similar al provecho que desee alcanzar”. Rápidamente buscó la fecha que hacía referencia al día en que se encontraban y lo que leyó lo dejó horrorizado. El libro contaba que un hombre importante, desalmado y avaro, caía fulminado mientras leía con ansiedad un viejo libro en su despacho.

Al regresar del cementerio, el anciano se desvió de su ruta habitual para ir a la casa del alcalde y recuperar su libro. Lo encontró sobre la mesa del despacho, justo donde debía estar. A su lado, en el suelo, donde su ama de llaves lo encontró a la mañana siguiente yacía el cuerpo inerte del alcalde.

Entretanto, los nietos del anciano acababan de salir del pueblo. Comenzaba a caer la noche, pero si se daban prisa podrían desayunar en el mejor hotel de la ciudad. Apenas llevaban media hora andando cuando se encontraron con cinco bandidos encapuchados que habían sido contratados por el alcalde para propinarles una paliza y recuperar las noventa y nueve monedas de oro que les había pagado.

Al día siguiente después de regresar a casa, cabizbajos y escarmentados, acordaron dedicarse a cultivar sus tierras y no intentar volver a obtener un beneficio del libro del abuelo. De esa forma, en unos años llegaron a convertirse en unos de los granjeros más prósperos de la región.

Aunque le prometieron custodiar de forma cuidadosa el libro, nunca le preguntaron a su abuelo por qué no los regaño por haberlo robado, ni cómo pudo recuperarlo. Quizá no lo hicieron porque intuían que conocía el final de la historia antes de que ellos hubieran empezado a protagonizarla.

R.J.R.
Arucas, a 12 de marzo de 2009.

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