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Milenio

Aquél era un cálido mediodía de diciembre, algo normal. Ese año, como casi todos los anteriores, había sido un claro exponente del cambio climático. El tipo, mientras esperaba la llegada de su nuevo coche, sólo podía respirar. Se sentía demasiado agobiado para poder pensar.

El fin del milenio estaba cerca y todos lo sabían. De nada serviría cualquier intento, porque, irremediablemente, al pasar del 31 de diciembre de 1999 al 1 de enero del 2000 nada sería igual.

Mientras esperaba, el tipo se sentía tan tenso que creía que su corazón iba a estallar por no poder soportar una velocidad tan alta de latidos. Pero, al fin, apareció el vendedor con su flamante coche nuevo. Ciertamente, le había costado decidirse a comprarlo. Lo deseaba desde hacía años, aunque la vida, a veces, no deja opción a los sueños. Pero tras muchos años de esfuerzo y ahorro había logrado reunir la cantidad de dinero suficiente para poder comprarlo. La conciencia ‑su familia‑ le decía que, quizá, sería mejor esperar un poco y gastar el dinero en algo más necesario. Claro, como a ellos no les había costado nada ahorrarlo. Pero no, él estaba decidido a comprarlo; era su sueño y no pensaba renunciar a él. En aquel momento debería sentirse feliz, pero no lo estaba. Se sentía agobiado.

El ansiado año 2000 estaba a la vuelta de la esquina. La gente andaba como loca entre la desconfianza y la esperanza, entre la histeria y el sosiego más absoluto, pero jamás en la indiferencia, porque todos, hasta los niños, sabían que el 31 de diciembre a las doce de la noche algo tenía que cambiar.

Una vez hubo “tomado posesión” del vehículo, tras pasar todos los tediosos y pertinentes trámites administrativos, y éste comenzaba a deslizarse por el asfalto a gran velocidad, sintió como comenzaba a desaparecer cualquier sensación de agobio y desasosiego. El poder era suyo.

¿Por qué debía cambiar todo ese fin de año? Pues, a ciencia cierta, nadie lo sabía, aunque, como se dice que a “año nuevo, vida nueva”, la causa debería ser algo así como que a “milenio nuevo, mundo nuevo”. Si lo resumimos, nos da como resultado una psicosis colectiva del fin de milenio, que más que el fin del milenio ve el fin del mundo.

Cuando llegó a su casa todos quedaron maravillados con su coche, todos quisieron probarlo y todos quisieron salir a comer, invitados por él, por supuesto, para celebrarlo. Y así lo hicieron. El agobio, al fin, había desaparecido por completo. Su nuevo y flamante deportivo rojo lo hacía el rey.

A medida que se acercaba el día 31 la tensión crecía, ya no se sentía ese ambiente navideño y la gente estaba más absorta en si misma y sus cosas. Era como si todos se hubiesen aislado, temiendo ver en su mejor amigo o su vecino de toda la vida a su peor enemigo. Que yo recuerde, ese fue el peor año para las ventas de muchos comercios desde hacía décadas.

Nuestro hombre era especial. Ajeno a todo, cada día se sentía mejor. Él y su coche eran, ya, inseparables, lo mimaba como si de un hijo se tratase. Su familia decía que ya era obsesión. Razón no les faltaba. Su cambio era tal que, por primera vez en su vida, hasta se sintió navideño. Para muchos estaba irreconocible.

Aquélla era la noche fatídica. A pesar de todo, apenas sí quedaban existencias de uvas en los comercios. Temerosa, la gente había decidido celebrar el fin del milenio. Al fin y al cabo, uno sólo cambia de siglo y milenio una vez en la vida y, algunos, ni eso. Si algo había de pasar, que lo habría, que les pasara felices y contentos.

Ese fin de año, nuestro tipo decidió salir a una gran fiesta organizada por sus amigos. Tras las doce campanadas y muchísimos brindis de más se sintió mal, por lo que decidió marcharse a casa. De nada sirvió el que intentaran detenerle y convencerle para que pasase la noche en la finca donde celebraban el fin de año. Él, haciendo oídos sordos, salió con paso titubeante, se subió a su flamante coche y con gran chirriar de neumáticos partió rápidamente hacia su casa, casi sin dar tiempo a nadie a reaccionar y dejando en el ambiente un pegajoso olor a goma quemada.

…cinco, cuatro, tres, dos, uno y cero. Sonaron doce campanadas, un gran silencio y miles de fuegos artificiales y un intenso olor a pólvora llenó el país, atragantos por masivo‑atolondrada ingestión de uvas aparte. Al fin era el año 2000. Varios minutos después, tras reaccionar, todos respiraron aliviados. Nada había pasado. Todo seguía igual. Bueno, todo no, algo pasó; la única nota negativa de esa noche, de ese fin de milenio. Salvo esa objeción, todo fue normal. Al día siguiente, una noticia conmocionó a la opinión pública. Y no fue otra cosa que la terrible muerte de un joven que, por causas aún desconocidas, falleció calcinado en la autopista dentro de su flamante deportivo nuevo, cuando regresaba a casa de una fiesta de año nuevo.

Afortunadamente, él no tuvo que vivir, al contrario que nosotros, el devastador cambio de milenio que, como apuntó una voz anónima presente en ese pretendido fin de año‑siglo-milenio‑mundo, el milenio no acaba con el paso del año 1999 al 2000, sino con el paso del 2000 al 2001.

R.J.R.
Las Palmas de Gran Canaria, 17 de diciembre de 1997.

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