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Obituario

El señor Aníbal Malanoche, alcalde vitalicio de la aldea de Amaranto, murió ayer en la paz de su hogar, tras sufrir un repentino ataque cardíaco.

Nacido en el seno de una familia humilde, Aníbal Malanoche fue un hombre que se hizo a sí mismo. A pesar de ser el menor de trece hermanos, ya desde niño apuntaba maneras de tirano y todos los que lo conocieron en esos años coinciden en definirlo como el mal hecho persona.

Hijo de un terrateniente alcohólico venido a menos y huérfano de madre desde el día de su nacimiento, Malanoche abandonó los estudios y el pueblo de Amaranto a la edad de doce años, si bien en los seis años anteriores apenas se le vio por la escuela, ya que prefería matar el tiempo arrojando gatos al río, disparando con su tirachinas a los nidos de los gorriones o bañando los rabos de los perros en petróleo y prendiéndoles fuego.

Poco se sabe de su vida entre los doce y los veinticinco años, momento de su regreso a la aldea, aunque se rumorea que tuvo mucho que ver con las sangrientas revueltas anarquistas que asolaron la capital del estado en esos años. A su regreso, dueño ya de un importante capital de dudosa procedencia, consiguió que su padre lo nombrara único heredero de todas sus tierras, lo que le supuso la enemistad de todos sus hermanos.

Días después de haber firmado el testamento, encontró a su padre colgado de la higuera que presidía el patio trasero de la hacienda familiar. Horas más tarde, el cuerpo de su hermano Asdrúbal, que había amenazado con impugnar el testamento, fue encontrado flotando en el río. Sus once hermanos restantes fallecieron en extrañas circunstancias durante la no menos extraña epidemia de cólera que azotó la aldea un año después.

Lejos de dejarse impresionar por tan adversas circunstancias, Aníbal Malanoche fundó la sección local del Partido Liberal, con el que obtuvo la alcaldía de Amaranto, al amañar las elecciones del año siguiente. Su primera medida fue nombrarse alcalde vitalicio.

Aníbal Malanoche se caracterizó por gobernar Amaranto con férrea disciplina, apropiándose de las tierras, ganados y cosechas que le venía en gana y sofocando las protestas que sus acciones provocaban con mano dura y fusilamientos en la plaza de la iglesia.

Se calcula que, a lo largo de casi un siglo de vida, Malanoche se hizo con la propiedad de casi el 85 por ciento de las tierras de Amaranto y acumuló la segunda mayor fortuna del país. Para ello, no le importó robar, extorsionar o hacer asesinar a todo aquel que se interpusiera en su camino. Su mayor frustración era que, a pesar de haber reestablecido el derecho de pernada en los territorios bajo su jurisdicción, jamás consiguió tener un hijo.

Tras su muerte, el Ayuntamiento de Amaranto, que presidía desde los veintiséis años, decretó tres días de luto.

A lo largo de la jornada de ayer, la práctica totalidad de los habitantes de la aldea se acercaron hasta la capilla ardiente para comprobar con sus propios ojos que el tirano ha muerto. Convencidos del feliz acontecimiento, se lanzaron a las calles del pueblo para celebrar la mayor fiesta que se recuerda en toda la historia de la localidad.

El señor Aníbal Malanoche falleció, sin dejar descendencia, a los 99 años y 364 días de edad en el pueblo de Amaranto.

Ojalá se esté quemando en el infierno.

R.J.R.
Arucas, 25 de mayo de 2009.

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