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Siempre Susan

—¿Es usted el señor Hartman?

—Eso dice el letrero de la puerta.

—Sí, claro… —Tras mi cortante respuesta, el hombrecillo, que ya de por sí parecía bastante fuera de lugar, permaneció varios segundos mirando al vacío, casi ausente–. Verá, es que, ejem, tengo un problema. –Reaccionó, al fin entre carraspeos.

—Si ha venido por esa tos, se equivoca de despacho. El matasanos tiene su cuchitril dos puertas más allá.

—No. Se trata de mi mujer.

—El ginecólogo está en la planta de arriba.

—No, digo que creo que me engaña.

—¡Ah, bueno! Entonces busca al consejero matrimonial. Pues lamento decirle que cerró el chiringuito hace tres meses por falta de clientela.

—Me parece que usted no me entiende. No tendría que haber venido —dijo, mientras daba media vuelta y se disponía a salir del armario que me alquilaron como despacho.

En ese momento decidí que ya me había reído lo suficiente a costa del pobre infeliz y, aunque no me habría importado seguir así un rato más, pensé que pagar alguna de las muchas facturas que tengo pendientes era más importante.

—Espere un momento. Intente tranquilizarse y cuéntemelo todo desde el principio, a ver si nos aclaramos —repliqué, a pesar de que era evidente que aquel hombre atesoraba más calma en su interior que un bidón de tila.

—Conocí a Susan en el 83 y desde que la vi supe que acabaría casándome con ella.

—No hace falta que se vaya tan atrás —le interrumpí—. Basta con que me diga qué ha ocurrido para que crea que tiene una aventura.

—Verá. Desde que nos casamos, Susan ha sido el ama de casa perfecta. Durante los últimos quince años ha vivido prácticamente para cuidar de mí y de la casa. Pero hace un par de meses insistió en contratar una chica para que limpiara y desde entonces se pasa la mayor parte del día fuera. Seguro que viéndose con otro.

—¿Y no será que sale por ahí, yo qué sé, de compras con alguna amiga?

—No. Seguro que no. A Susan siempre le han perdido los hombres. Sobre todo los novios de sus amigas, así que le era muy difícil conservarlas. Hace años que se le acabaron.

—Bien… —murmuré intentando hacerme el interesante, aunque era evidente que iba a aceptar el caso desde antes de que el propietario de aquella mirada vacía hubiese abierto la boca por primera vez—. Normalmente no suelo aceptar este tipo de asuntos. Tienen la desagradable costumbre de provocarme ojos morados y contusiones en el estómago, pero esta vez voy a hacer una excepción. Aunque sólo porque se trata de usted, señor…

—Monroe.

—Sólo porque se trata de usted, señor Monroe —repetí—. Necesitaré su dirección, una fotografía de su mujer, diez de los grandes para gastos por adelantado y veinte más cuando le entregue mi informe. —Eso era el doble de mi tarifa habitual—. Si quiere que el amigo de su mujer reciba algún, digamos, mensaje, podemos negociar el precio.

—No, creo que eso no será necesario —se apresuró a responderme con el rostro encendido, a la vez que abría una cartera que en una vida anterior debió de haber vestido a una familia de cocodrilos completa—. No necesitaré recibo —dijo completamente azorado, mientras me alargaba el dinero, una tarjeta de visita y una fotografía. Acto seguido, se marchó sin estrecharme la mano que no le ofrecí ni pronunciar ninguna otra palabra.

Guardé el dinero en el bolsillo interior de mi chaqueta, tiré la tarjeta a la papelera y miré la foto. Como siempre, Susan estaba realmente hermosa. A pesar de ello, nunca me cansaría de decirle que la cámara no le hace justicia.

R.J.R.
Arucas, a 27 de febrero de 2013.

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