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Un homenaje en forma de relato

Miércoles, 27 junio 2007

Hacía varios meses que andaba detrás de él. La última vez que estuve en casa, aunque ya sabía de su existencia, no intenté buscarlo. Aún no sé por qué. Luego, el tiempo pasó muy rápido y, cuando quise darme cuenta, ya estaba de vuelta en Madrid. De la noche a la mañana me vi obligado a renunciar durante un largo tiempo a encontrarlo. Todo el que tardara en volver. Sabía que en Gran Canaria no pararía hasta lograr mi objetivo, pero la tarea, después de varios meses fuera, se me antojaba difícil.

Por ello, en el instante en que, hace exactamente dos semanas, mientras navegaba a la deriva por internet, descubrí por casualidad que él había llegado a Madrid, la parte más siniestra de mi ser comenzó a revolverse violentamente en mi interior. En ese preciso momento mi lado más perverso comenzó a maquinar un plan. El plan que, más pronto que tarde, me llevaría hasta él. A poseerlo, a violentarlo, a hacerlo absolutamente mío.

Sin embargo, las circunstancias que me rodean me han impedido poner mi plan en práctica hasta hoy. Justo el día en que nunca pensé que lo encontraría, la casualidad quiso que lo encontrase y, como no podía ser de otra forma, ni pude ni quise resistirme.

Pasaban unos minutos de las ocho de la tarde cuando, como cualquier otro día, subía la Gran Vía, camino de una boca de metro. Para huir del sol que, muy bajo, a mi espalda, cegaba a todo el que me cruzaba y amenazaba con calentar un poco más de la cuenta mi nuca, decidí entrar en La Casa del Libro. Me juré que sólo iba a echar un vistazo en la planta baja que, por otra parte, suele ser la más tentadora. Comencé a dar una vuelta entre las mesas en las que se amontonan las novedades y best seller de turno, cuando, de repente, lo vi. Como una revelación, allí estaba, justo en medio de la sección de narrativa negra y de terror.

Como ya he dicho, ni pude ni quise resistirme. Él estaba allí, en todo su esplendor, colocadito en un estante, muy cerquita del suelo, mostrando su cubierta, minrándome tentadora, de color rojo sangre sobre un negro intenso. Y ahora está aquí, justo a mi lado, encima de la misma mesa en que escribo estas líneas, llamándome, deseando ser poseído y violentado. De la misma forma, yo deseo terminar de escribir para meterme de lleno en todas y cada una de esas diecisiete historias criminales que forman Rojo sobre negro y que espero sean el fruto de otras tantas mentes, al menos, tan calenturientas como la mía.

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