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Sobremesa, sentado en un banco

miércoles, 4 julio 2007

Este calor madrileño le quita a uno las ganas de hacer cualquier cosa. El aire seco, penetrante, asfixiante, me recuerda al calor del Sur, que viene de la tierra hacia el mar, y que, cuando de niños pasabámos quince días en un apartamento de Playa del Inglés o Puerto Rico, se pegaba a todo lo que tocabas. Aunque también me recuerda al aire de la Cruz de Tejeda, los Llanos de la Pez o la Presa de las Niñas, en pleno verano, a la sombra de los pinos, bajo un cielo azulísimo y rodeado por el olor de las chuletas en la barbacoa. O sin el olor, porque ya no se puede hacer fuego hasta bien entrado el otoño.

Y, sin embargo, no se está tan mal. Ahora mismo, estoy escribiendo sentado en un banco del Parque Berlín, cerca del trabajo y, también, del Auditorio Nacional. He salido a comer y aún me queda media hora para volver a entrar. Podría volver ya si quisiera. Allí hay aire acondicionado, pero he preferido quedarme aquí, a la sombra, disfrutando de la brisa, relativamente fresca, aunque seca. He preferido quedarme y leer, antes, Rojo sobre negro y, ahora, escribir estas líneas en un papel.

Pero hay más opciones para llenar la hora del almuerzo. Muy cerca de aquí, en la calle Pradillo, justo en frente de la sede de El Mundo, hay un polideportivo municipal con piscina. En el trabajo me han dicho que suele estar muy concurrida, sobre todo antes de las vacaciones. Tal vez me acerque a preguntar, porque me apetece nadar. Lo echo de menos y, con el incipiente estrés y la añorada presión, aún más.

El lunes empecé a trabajar, sólo por el verano, en un diario económico. Ahora que he conseguido que me paguen por escribir, apenas tengo tiempo para hacerlo por placer. Realmente, casi no tengo tiempo para nada que no esté relacionado con el periódico, salvo pasar cerca de una hora en un parque, entre relatos de crímenes y entradas de un blog, que escribo con bolígrafo sobre un papel.

El aire, seco, penetrante, comienza a correr más cálido. Varias palomas se acaban de posar en una rama de un árbol, justo encima de donde estoy sentado. Creo que va siendo hora de levantar el campamento y volver a la redacción, bajo el imperio del aire acondicionado. Sí, es hora de levantar el campamento. Al menos, hasta mañana.

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