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Soy uno de ellos

Jueves, 12 julio 2007

Hasta hace muy poco tiempo, siempre me había parecido bastante rara esa gente que iba, libro de bolsillo en mano, leyendo en un vagón de metro o de tren de cercanías, que viene a ser como el metro, pero más espacioso, fresco y, casi siempre, corriendo por la superficie.

Supongo que la costumbre de leer en los medios de transporte terrestre me llama la atención porque cuando uno ha vivido toda su vida en Gran Canaria tiene asimilado que los trayectos en guagua no suelen durar mucho y, además, las curvas de las serpenteantes carreteras de la isla, cuando son tomadas a bordo de una Utinsa –perdón, Global, es que la costumbre es mucha– no facilitan la tarea de la lectura. Pero si, encima, usas gafas, acabas pensando que tanto movimiento debe ser malo para la vista. Además, siempre es más divertido ir escuchando trozos de las conversaciones ajenas, mantenidas a un mayor volumen cuanto más “inadecuado” es el tema o los contertulios.

Otra cosa que también me llamaba la atención era ver cómo muchos de esos lectores no sólo leen sentados en el andén o dentro del vagón, sino que también lo hacen de pie, apoyados contra la puerta o una barra de sujeción e, incluso, mientras caminan por la estación o al entrar en los vagones del tren. Eran, para mi, como zombis lectores que deambulan por las estaciónes.

Un rasgo característico de algunos de ellos es que llevan los libros forrados con papel. Al principio, pensaba que era para evitar que se mancharan con el manoseo y la suciedad propia de la ciudad. Tuve que descartar la idea cuando reparé en que la mayoría de esos forros estaban hechos con papel de periódico. Tal vez su función sea evitar que el resto de los viajeros descubran qué libro están leyendo. Es lo que tiene pertenecer a una secta, por friki que pueda parecer. El problema es que no saber qué libro leen intriga aún más que su comportamiento. En cualquier caso, entiendo esa actitud esquiva, ya que a veces una lectura puede decir más de lo que imaginamos acerca de uno.

Ocurre, sin embargo, que cuando el trayecto habitual de casa al trabajo y del trabajo a casa te ocupa casi una hora en cada sentido, comienzas a notar que estás desperdiciando gran parte del día, porque en Madrid las conversaciones que oyes en el Metro –cuando las hay– no son tan divertidas. Se hace necesario aprovechar el tiempo.

Si tienes la suerte de que una de tus pasiones sea la lectura, para la que nunca dispones de suficiente tiempo, puede ocurrir que el día menos pensado te descubras entrando en un vagón del metro sin apartar la vista de tu ejemplar de Una noche de perros, forrado con un folio blanco para que no se ensucie. En ese momento te darás cuenta de hasta qué punto una nueva rutina se ha instalado en tu vida. A partir de ese día has pasado a formar parte de una gran secta: los zombis lectores del metro.

Después de unas semanas tonteando, desde hace muy poco tiempo, yo soy uno de ellos. Jamás lo habría pensado.

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