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Amnesia histórica

Jueves, 12 julio 2007

Diez años después, todavía recuerdo lo que hice el 10 de julio de 1997. Ese día lo pasamos en el Sur, en el apartamento de unos amigos que disfrutaban unos días de vacaciones en Puerto Rico. Por la mañana bajamos a la playa y después de comer estuvimos varias horas jugando en la piscina. Llevábamos tanto tiempo en el agua que, por el esfuerzo, sufrí uno de los tirones musculares más fuertes que recuerdo haber sufrido. Fue el gemelo de la pierna izquierda. Todavía me parece escuchar a Eli repetirme: “¡estira el músculo! ¡estira el músculo!” Como si no supiera lo que tenía que hacer.

Es muy curiosa la forma en que funciona la mente humana. Recuerdo todo esto porque, tras el tirón, salimos de la piscina y entramos en el apartamento. Allí estaban mis padres, junto con los de Eli, con los ojos como platos viendo el Telediario de la Primera. ETA acababa de secuestrar a un joven concejal de un pequeño pueblo de Vizcaya y exigía al Gobierno español la reagrupación de sus presos en el plazo de 48 horas.

Canarias está muy lejos de la Península. Sin embargo, en un instante, la angustia de una familia y de un pequeño pueblo se convirtió en la angustia de todo un país. También, pese a la lejanía, de Canarias. Las concentraciones silenciosas, las manifestaciones, las manos blancas, los gritos en contra del terrorismo… se sucedieron durante los dos días siguientes por todo el país.

El Gobierno, como no podía ser de otra forma, no cedió al chantaje y los terroristas cumplieron su amenaza. En la tarde del sábado 12 de julio, Miguel Ángel Blanco fue encontrado dos tiros en la nuca. La versión oficial dice que aún vivía y que su fallecimiento se produjo en la madrugada del domingo 13. Personalmente, creo que murió en el acto, aunque lo que yo piense, poco importa.

De una de las ventanas de casa colgamos una gran sábana blanca con un crespón negro. No fuimos los únicos en mi barrio. Tampoco en mi ciudad ni en mi Isla. Las multitudinarias manifestaciones de condena y repulsa por el brutal atentado se sucedieron por todo el país. Creo que no me equivoco si digo que fueron las primeras manifestaciones a las que acudieron miembros de la Casa Real, cuyo papel institucional les prohíbe tomar partido por cualquier opción política. Claro que, en este caso, no había ningún partido que tomar. Todos estaban de acuerdo en lo que había que hacer: acabar con el terrorismo. Había nacido el Espíritu de Érmua.

Al escribir estas palabras, no puedo evitar que me recorran escalofríos y se me ponga la piel de gallina mientras recuerdo los hechos acaecidos entre el 10 y el 14 de julio de 1997. Esos días nació un sentimiento que aún vive en el conjunto de los españoles. Lástima que nuestros políticos, diez años después, lo hayan olvidado y sólo estén preocupados en obtener los mayores réditos electorales a costa del más grave de los problemas que aquejan  a este país.

Hace ya algún tiempo, me pidieron que escribiese una columna de opinión sobre el terrorismo de ETA. Además del título del artículo, tenía que titular la columna como si fuese una sección. Fue la primera vez que usé Un canario en Madrid. Mientras preparaba el comentario, me sorprendí de la cantidad de detalles que recordaba de aquel 10 de julio de 1997. Desgraciadamente, no puedo decir que me sorprendiera descubrir la amnesia histórica que padece la totalidad de nuestra clase política.

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