La cabaña
El hombre se miró la mano, extrañado.
Si no fuera porque no existía un solo tendido eléctrico en más de cincuenta kilómetros a la redonda, habría jurado que el viejo grifo de la ducha le había dado corriente.
Confiado, se metió en la bañera.
Ajena a todo, la colonia de anguilas eléctricas que, hacía poco, había adoptado el destartalado depósito de agua de la cabaña como su nuevo hábitat, jugaba a ver quien era capaz de producir la descarga más fuerte.

