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El mundo vino sin manual de instrucciones

Lunes, 23 marzo 2009

La supervivencia de la Tierra tal y como es conocida está en serio peligro. Aunque haya quien se empeñe en negarlo, la acción del hombre está alterando gravemente el pulso vital del planeta. La especie humana se ha convertido en el mayor depredador que jamás ha existido, a fuerza de esquilmar los  escasos recursos naturales con los que cuenta el planeta.

En este contexto es necesario encontrar y plantear soluciones efectivas que frenen el tan cacareado cambio climático y permitan articular un desarrollo sostenible de la civilización en el planeta. Pero, dado que el mundo carece de un manual de instrucciones, la pregunta es quién va a dedicar sus esfuerzos a rescatar al planeta, cuando todos sus habitantes tienen que ocuparse primero de salvar su propio mundo. Y sin libro de instrucciones.

Portada de Instrucciones para salvar el mundoPorque nadie puede pedir a Matías, un taxista que acaba de enviudar y por ello ha decidido dejar de vivir y se dedica a buscar al culpable de que no detectaran a tiempo el cáncer de su mujer, que se pregunte –y encuentre una respuesta y la solución– por qué ése está siendo el diciembre más cálido de todos los que se recuerdan en Madrid.

Tampoco puede exigirse este esfuerzo a Daniel Ortiz, un médico de urgencias que, incapaz de asumir que su matrimonio está acabado, se refugia en una vida virtual en Second Life.

Y mucho menos a los habituales de El Oasis –un típico bar de carretera abierto al lado del Cachito, un típico prostíbulo de carretera de las afueras de Madrid–, como Luzbella, la camarera sudamericana que cubre el turno de noche; Cerebro, una vieja científica alcohólica; o  Fatma, una inmigrante llegada de Sierra Leona, perseguida por el fantasma de la guerra y que prefiere trabajar en el Cachito, a pesar de las palizas de Draco, ya que la protege, Bigga, su Nga-fá, encarnado en una lagartija más que longeva.

Y, sin embargo, estos personajes, protagonistas de la novela de Rosa Montero Instrucciones para salvar el mundo, obra sobre la que orbitan temas tan dispares como el cambio climático o los crímenes de un psicópata –el asesino de la felicidad–, serán los encargados de mostrar al lector cómo es posible que la manera de salvar el mundo en su conjunto comience por ir salvando los minúsculos mundos de cada uno de sus habitantes.

Un narrador omnisciente, empeñado en adelantar el futuro de la inmensa mayoría de los personajes secundarios –aunque su paso por la historia sólo sea casual y no ocupe más que un párrafo– que aparecen en la novela –lo que en ocasiones resulta desesperante–, se ocupa de poner de manifiesto que para poder salvar los mundos de cada uno es necesario no sólo que se quiera salvar ese mundo, sino que se intente con convicción y que la suerte esté de su parte.

Porque la suerte, en forma de casualidades encadenadas, juega un importante papel en esta historia y, así, hay personajes que podrán reconducir sus vidas, mientras que otros seguirán viajando en dirección a la destrucción de su propio mundo.

Al final, la moraleja de esta historia entretenida, quizá demasiado azucarada, pero de vertiginosa lectura es que aunque el mundo vino sin manual de instrucciones, es posible salvarlo, siempre que todos sus habitantes pongan de su parte para cumplir la única instrucción conocida: tratar de encontrar la felicidad, que no es otra cosa que dar sentido a sus vidas.

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