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A Oviedo, por San Mateo

Miércoles, 19 septiembre 2007

En agosto hizo cinco años desde que visité Oviedo por primera –y, hasta el fin de semana pasado, única– vez. Por aquel entonces, Paula aún vivía en la capital de Asturias e Iván estaba pasando el verano con ella, por lo que, aprovechando mis primeras vacaciones en el Banco, decidimos que pasaría unos días con ellos.

Ya hace un par de años que Paula e Iván viven juntos en Las Palmas de Gran Canaria. Este mes han aprovechado las vacaciones para volver a Oviedo. Entiendo perfectamente que Paula eche de menos a su familia y a sus amigos asturianos. Y yo he aprovechado que estoy en Madrid para escaparme un fin de semana. Justo el primero de las fiestas de San Mateo.

Después de cinco horas y pico de viaje en coche con Bárbara, una amiga de Paula que también vive en Madrid, llegué a Oviedo, casi a las diez de la noche. Sin tiempo para nada, salimos a dar una vuelta por el casco antiguo de la ciudad, plagado de chiringuitos con música en cada esquina y conciertos en la Plaza de la Catedral. El ambiente se prestaba a ello, con una temperatura bastante agradable, aunque la chaqueta era un complemento imprescindible.

Lo cierto es que, durante la noche, apenas fui capaz de orientarme por los vericuetos de calles peatonales, pero el sábado por la mañana, tras dar una pequeña vuelta por el centro de la ciudad que, a plena luz del día apenas presentaba huellas del gentío de la noche anterior, ya podía situarme perfectamente.

A mediodía dejé a Paula e Iván y me fui a comer con Pablo, un amigo ovetense, al igual que Paula, que está trabajando en La Nueva España. De hecho, después de comer me llevó a visitar la casi desierta redacción del periódico.

Tras dejar a Pablo, me dediqué a deambular por la ciudad y me encontré con la réplica en bronce de un Woody Allen, definitivamente sin gafas. También pasé por delante de Peñalba, donde, a duras penas, pude resistirme a la tentación de sus bombones artesanales. Son caros, pero valen todo su precio. A cambio, cuando me reuní con Iván y Paula, nos acercamos hasta Verdú, donde disfrutamos de uno de sus insuperables helados de turrón con trozos de turrón. Después del helado, como Paula había quedado con algunas de sus amigas, me dejó solo con Iván. Al igual que una tarde de agosto de 2002, decidimos ir al cine.

De la película, de la noche del sábado, en la que era casi imposible recorrer el peatonal casco antiguo, y de la visita dominical a la costa –el mar, casi cinco meses después, el mar– hablaré en la próxima ocasión.

Desde Canarias. Tal vez.

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