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Tiempo de despedidas

Sábado, 13 octubre 2007

El tiempo avanza inexorable y, con él, mi estancia en la Isla toca su fin. Las tres semanas que he estado en casa se han ido volando. Ahora, como cada vez que una de mis visitas concluye, comienza el tiempo de despedidas.

Si el miércoles lo dediqué a la rama bloguera, hoy le tocó el turno a los amigos de toda la vida. A la cita faltaron algunos de los habituales, quizá por la coincidencia con el puente y la precipitación. Quedamos, como casi siempre, delante de la ermita de San Telmo, donde se estaba celebrando una boda. De allí nos fuimos a un McCarthy’s casi vacío, para tomar, charlando relajadamente, el aperitivo previo a la cena.

A pesar de llevar un año fuera de la Isla, nuestras conversaciones conservan la misma intensidad que tenían antes de irme. Casi como si no me hubiera marchado. Supongo que se debe a que nos conocimos hace ya alrededor de diez años y hemos vivido mucho juntos. Tal vez, hay que darle la razón a quien dijo que las amistades que se fraguan en la universidad son para siempre. Aunque, por desgracia, la máxima no se cumple en todos los casos.

Tras el McCarthy’s, hicimos caso a Iván, que se está revelando como un auténtico sibarita –algo de lo que, para desesperación de Paula, su barriga da fe–, y cenamos en la Cava de Triana, restaurante del afamado cocinero Kiko Casals, del que ya había oído hablar. Se trata de un local con un ambiente agradable, buen servicio, detallista y minimalista. La comida es innovadora, con un punto de atrevimiento, aunque, como suele ocurrir, algo escasa, en algunos casos, para mi gusto personal. Sobre todo si, como es el caso, vamos en plan de picoteo y somos de muy buen comer. También puede ser que cuando la comida está buena siempre parece poca.

Después de la cena, acabamos en El Perojo, aunque sólo tomamos una copa, porque Paula tiene que trabajar mañana y yo quedé con Sandra, antigua compañera en el Banco, para desayunar. También será algo rápido, un cuarto de hora, porque ella trabaja mañana y yo tengo que preparar el asadero que tenemos por la tarde-noche en casa. Será la despedida de la familia y otros amigos.

Como siempre, el colofón final a mi visita es una reunión familiar en torno a la barbacoa o a una paella de mi padre. Esto se acaba, una vez más. Han sido sólo tres semanas y media. Debo reconocer que me apetece volver a Madrid a ver cómo la inunda el otoño.

Eso sí, me apetece porque sé que en dos meses y tres días estaré de vuelta.

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