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Una hora más y diez grados menos

Miércoles, 17 octubre 2007

Después de tres semanas en la Isla, la vuelta a Madrid se ha mostrado más llena de contrastes de lo que pensaba. Parece que en este corto espacio de tiempo el otoño se ha instalado en todo su esplendor. De entrada, cuando, anoche, andaba hacia casa tirando de los 25 kilos de mi maleta, el maletín del portátil y la mochila a la espalda, el reloj de la rotonda de la esquina marcaba 16ºC. Justo diez menos que la noche anterior a mi partida.

Así, no es de extrañar que, pese a llegar acalorado después de subir andando cinco pisos, notara la casa fría. Tampoco es de extrañar que me encontrara la nevera vacía. Afortunadamente, traía un queque de los que hace mi madre en la mochila, porque a las once de la noche, ninguno de los dos chinos que vi abiertos tenía ya pan.

Ayer, apenas saqué lo que traía en la maleta y guardé lo imprescindible. Aún así, caí en la cama pasadas las dos de la mañana, con el despertador listo para sonar a las ocho. Claro que las ocho de mi despertador del miércoles, son las siete del despertador del martes… Vamos, que aunque la diferencia sólo de sea una hora, aquí también se sufre de jet-lag. Sobre todo si ya desde por la mañana hay que ponerse las pilas.

Hoy me he levantado con unas agujetas terribles en los brazos que convierten en un suplicio el simple acto de levantar las manos hasta una altura superior a la de los hombros. Quitarme y ponerme una camiseta o un suéter es una auténtica tortura. Supongo que estoy pagando mi despedida de la piscina, que consistió en una sesión de ejercicios de fuerza centrada exclusivamente en los brazos. A lo que hay que sumar tres extracciones de sangre en quince días y el recorrerme medio Madrid tirando de una maleta de 25 kilos, con una mochila cargada de libros en la espalda y el maletín con el ordenador al hombro. Y, mucho me temo, las visitas de hoy al supermercado tampoco habrán ayudado.

Como en la nevera sólo había un tomate arrugado, que ha ido directo al cubo de la basura orgánica, he tenido que dedicar la tarde a comprar. Por suerte, tengo un Carrefour y un Mercadona a tan sólo diez minutos de casa, aunque en distintas direcciones. En días como hoy, me planteo seriamente mi negativa ante la sugerencia de mi madre de cambiar mi mochila por un carrito de la compra.

Los dos paseos me han servido para ver cómo ha cambiado el barrio durante el verano y, sobre todo, durante estas tres últimas semanas. La luz otoñal ya lo impregna todo. Las hojas comienzan a formar una alfombra de tonos ocres y el sol ya no calienta como antes. Se respira humedad y, a determinadas horas, el frescor del aire comienza a cortar. El otoño ya está aquí. Muy pronto llegará el frío de verdad. Quizá, mi época favorita del año. Siempre que la pase con una hora de más y bastantes grados menos.

Pd: Hoy ha sido el cumpleaños de mi madre. Ya sé que elegí un mal día para volver a Madrid y lo siento. En cualquier caso: ¡Felicidades Mamá!

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One Comment leave one →
  1. Cachón permalink
    Sábado, 20 octubre 2007 1:00 pm

    Las obligaciones mandan, hijo, y como dice el dicho lo primero es lo primero. Y aunque ya lo hice anteriormente ¡Mil Gracias!

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