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La sombra del viento es alargada

Miércoles, 2 enero 2008

Acabo de comprobar, ni sin cierta sorpresa, que la novela de Carlos Ruíz Zafón, La Sombra del Viento, sigue ocupando un lugar de cierto privilegio en las estanterías y expositores de las librerías. Sorprende porque en 2006, cinco años después de haber sido editada -salió a la venta en 2001-, fue la segunda obra de ficción más vendida en España, sólo superada por el engendro de Dan Brown, El Código Da Vinci.

Reconozco que transcurrió bastante tiempo desde que cayó en mis manos un ejemplar de La sombra del viento, hasta que me decidí a leerla, hace casi dos años. Había algo en la presentación de la historia que no acababa de engancharme. Quizá por ello, cuando comencé a leerla, lo hice sin pretensiones, sin esperar encontrarme nada especial en el relato. Probablemente, eso hizo que tardase algo más de lo habitual en captar la esencia de la historia. Malditos prejuicios. Además, infundados.

Para quienes no lo sepan, aunque a estas alturas deben ser muy pocas personas, La sombra del viento cuenta la historia de Daniel Sempere, un niño que vive obsesionado con un libro, La sombra del viento, escrito años atrás por un autor desconocido, Julián Carax. Daniel descubre el único ejemplar de esta novela en su primera visita a El Cementerio de los Libros Olvidados. En este extraño lugar, refugio de obras de autores olvidados, existe una regla no escrita, según la cual el visitante primerizo debe escoger un libro para rescatarlo del olvido.

De esta forma, Daniel comenzará una búsqueda de datos y hechos por la Barcelona de la posguerra, que le lleven a reconstruir los pasos de Carax, desaparecido en el verano de 1936. Esta búsqueda, que durará ocho años, le llevará a abrir heridas del pasado reciente de la ciudad, aún no cicatrizadas, y a descubrir asombrosos e inquietantes paralelismos entre la vida de Carax y su propia vida. De esta forma, la búsqueda se convertirá en un viaje iniciático para Daniel, en el paso de la niñez a la juventud, en una época de represión, odios y miedos.

El hecho que, finalmente, me animó a acometer la lectura de La sombra del viento fue un juego de preguntas y respuestas para repasar una construcción gramatical que hicimos en la Escuela de Idiomas. Una de las preguntas hacía referencia al regalo que más te había gustado de todos los recibidos en las navidades pasadas. Ana, la compañera a la que le tocó responder esta pregunta, contestó que era La Sombra del Viento. Alguien se interesó por el libro y ella confesó que cuando lo leyó no quería que acabara y que, en más de una ocasión, lloró mientras avanzaba por sus páginas. Es más, ya lo había leído un par de veces, a pesar de que estábamos a finales de marzo.

Ante este hecho, me dije que tenía que descubrir por mi mismo qué tenía ese libro, que esperaba en mi estantería desde hacía algunos meses, que lo hacía tan especial. Intenté despojarme de todos mis prejuicios y lo leí. Y, una vez que lo acabé, me di cuenta de que la historia que cuenta Carlos Ruiz me enganchó algo más tarde de lo que me habría atrapado si no hubiese tenido ningún prejuicio.

Porque la historia de Daniel Sempere es una historia llena de ternura, impregnada de una inocencia que, poco a poco, va desapareciendo por los golpes que da -que nos da- la vida, pero que se resiste a marcharse del todo. Es una historia de amor y de desamor, pero también de intriga. Es algo y su opuesto. Es, en definitiva, inclasificable.

Tal vez por esto sigo sin poder ubicar definitivamente esta novela en mi biblioteca mental. Hay días que pienso que es una gran historia, pero otros creo que no era para tanto. Y quizá esa sea su grandeza. Por ello estoy convencido de que se merece seguir ocupando ese lugar privilegiado en las librerías, aunque ya no sea uno de los diez libros más vendidos. Y por eso también se merece que todos nos despojemos de nuestros prejuicios y la leamos una y dos o tres veces.

Algo que, por otro lado, no se merecen los engendros de Dan Brown.

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