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Tozuda realidad

sábado, 10 mayo 2008

A comienzos de los años noventa, cuenta el periodista polaco Ryszard Kapuscinski en su libro Ébano, tras el asesinato del presidente de Liberia, Samuel Doe, la situación en el país africano es crítica. Los restos de las fuerzas armadas liberianas luchan contra los hombres de Charles Taylor y contra los de Prince Johnson, mientras las fuerzas de estos dos antiguos colaboradores del dictador fallecido pelean entre sí por hacerse con el control del país. Contra todos ellos lucha, también, una fuerza de intervención formada por varios países africanos.

En esta caótica situación, el ejército de intervención ocupa la capital, Monrovia, dejando el resto del país en manos de Taylor y de multitud de grupos armados, organizados bajo la autoridad de un «jefecillo», normalmente un antiguo ministro, un militar ambicioso o cualquier otro personajillo sin escrúpulos y sediento de ejercer un poder dictatorial, que pretende aprovechar la descomposición del estado en su beneficio propio. Son los warlord o señores de la guerra.

«Otra fuente inagotable de ganancias para los warlord la constituye la ayuda humanitaria que el mundo destina a la población africana mísera y hambrienta. Los señores de la guerra se llevan de cada transporte tantos sacos de grano y tantos litros de aceite como necesitan. Y es que aquí rige una ley que dice: el que tiene un arma es el primero en comer. Los hambrientos sólo pueden llevarse lo que quede. He ahí un problema para las organizaciones internacionales: si no entregan su parte a los facinerosos, éstos no dejarán pasar a ningún transporte con ayuda y los hambrientos morirán. De modo que se les entrega a los jefecillos lo que quieren, con la esperanza de que algún resto acabe llegando a las víctimas de las hambrunas.»

Durante muchos años, grandes extensiones África han estado dominadas por los señores de la guerra.

En verano de 2007, Myanmar, la antigua Birmania, ocupó las portadas de los principales diarios e informativos occidentales, después de que la Junta Militar que gobierna el país reprimiera violentamente las protestas en su contra, encabezadas por monjes budistas y estudiantes. El pasado fin de semana, el país fue asolado por un ciclón que ha agravado aún más las precarias condiciones en que viven sus habitantes.

La comunidad internacional, con la ONU a la cabeza se ha encontrado, desde el primer momento, con la negativa del régimen militar a la entrada de extranjeros al país y -algo insólito hasta ahora- ha puesto grandes impedimentos al envío de ayuda humanitaria. Tanto es así, que, a pesar de la magnitud de la catástrofe humanitaria, hasta hoy sólo se han enviado dos aviones.

La negativa a permitir la entrada de observadores y voluntarios extranjeros ha llevado al organismo internacional a amenazar a Myanmar con suspender el suministro de ayuda, después de acusar a la Junta Militar de haberse apropiado de los dos cargamentos de ayuda humanitaria que habían llegado al país. Sin embargo, la ONU ha recapacitado y no cumplirá su amenaza, con tal de que los afectados por el ciclón vean aliviada su situación.

En pleno siglo XXI, cederán al chantaje de estos otros warlord.

Parece que la realidad es tozuda, pero son los hombres los que condenan a la historia a repetirse.

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