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Filosofía para hípicos

Lunes, 22 diciembre 2008

Para los que, a comienzos de los 90, cambiamos la religión por la ética, Fernando Savater siempre ha sido el autor de Ética para Amador, el manual con el que los estudiantes nos acercamos a esa disciplina. Porque, para quienes estudiamos BUP en Canarias en esos años, la asignatura de ética fue algo más que educación afectivo-sexual de la mano del Programa Harimaguada.

A pesar de su posterior significación política y de otras obras como Política para Amador, su imagen siempre quedó ligada a esa etapa de nuestras vidas. Con el paso de los años, el filósofo ha querido convertirse en novelista. Sin embargo, aún contando una historia ficticia, no puede dejar de ser filósofo.

Porque en La hermandad de la buena suerte, obra con la que debuta Savater y con la que ha obtenido el Premio Planeta en su última edición, hay mucha filosofía. Filosofía para aficionados a la hípica.

La historia, ambientada en el mundo del turf, de las grandes carreras de caballos, se inicia cuando un empresario, conocido como El Dueño, contrata los servicios de El Príncipe para que encuentre a Pat Kinane, un jockey obsesionado con la buena suerte, que ha desaparecido en vísperas de la disputa de la Gran Copa.

Encontrar a Kinane antes de que se celebre la carrera es crucial, ya que ha sido el único jinete capaz de dominar a Espíritu Gentil, el mejor pura sangre de El Dueño y el único que podrá desbancar a los caballos de El Sultán, principal rival de El Dueño y más que probable artífice de la desaparición del jockey.

En su búsqueda, El Príncipe, hijo de El Rey, un afamado espía muerto años atrás en extrañas circunstancias, cuenta con la ayuda de tres personajes, a cada cual más extraños: el Doctor, el Profesor y el Comandante.

Y son precisamente los dos primeros, narradores de varios de los capítulos de la obra, quienes con sus anhelos y temores inundan la novela de pensamientos filosóficos, aunque el narrador -en tercera persona- tampoco escatima líneas en este tipo de consideraciones.

Mientras los cuatro protagonistas intentan averiguar el paradero del jinete y los motivos de su desaparición, el autor va descubriendo al lector el desconocido mundo de la hípica, un mundo que algunos de los personajes viven como una auténtica religión. Para ello, se permite ciertas licencias -como el capítulo en que una periodista entrevista a El Sultán- totalmente prescindibles para el resultado final de la obra.

Se trata, en definitiva, de una historia amena, que se deja leer bastante bien, sin que el tema hípico y las divagaciones filosóficas supongan un obstáculo para el lector ajeno a los mismos, y en la que será -precisamente- la buena suerte la que permita a los protagonistas conseguir su objetivo.

Ahora bien, que tenga la calidad suficiente como para ganar un premio como el Planeta, es un asunto que se puede discutir. Y bastante. Como ocurre con casi todos los premios literarios que se otorgan en este país.

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