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Motivaciones

Martes, 22 septiembre 2009
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A finales de este mes se cumplirán tres años desde que dejé el Banco. No sé si será por eso, pero últimamente me han preguntado en varias ocasiones –en realidad me lo han preguntado mucho en todo este tiempo– qué me llevó a cambiar un contrato de trabajo indefinido y un puesto de cierta responsabilidad por una aventura de resultado tan incierto como esta.

Una decisión como la de renunciar a una vida casi resuelta y trasladar tu residencia un par de miles de kilómetros para tratar de abrirte hueco en una profesión totalmente distinta no se toma a la ligera. Siempre existieron varios motivos que me impulsaban a tomarla –de hecho, ya había dado algunos tímidos pasos para materializarla– pero, en última instancia, el empujón definitivo me lo dio uno de mis jefes unos seis meses antes de dejar la empresa.

Ocurrió a comienzos de febrero, en una reunión de seguimiento de la oficina en la que trabajaba. La mía era una oficina pequeña, en la que sólo trabajábamos dos personas –la directora y yo–. La habíamos inaugurado en enero del año anterior y acabamos el año como la mejor oficina de Canarias en nuestra categoría y las expectativas para el año que empezaba eran también buenas. De hecho, acabó en segundo lugar, aunque hasta septiembre ocupábamos la primera posición.

Cuando las cosas van bien –la crisis aún no se intuía–, es normal hablar de las posibilidades que tiene cada uno de ser promocionado. En mi caso, según mi jefe, existían tres alternativas: desempeñar la misma función en una oficina de mayor tamaño, asumir la dirección de una oficina pequeña o ejercer un puesto de supervisión administrativa y operativa de varias oficinas.

Ambos coincidimos en que no estaba preparado para ser director. Reconozco que necesitaba mejorar en el aspecto comercial, pero era una faceta me tiraba menos que la gestión administrativa. Sin embargo, en esos momentos no se esperaban vacantes para ese puesto –que era el que ya ocupaba– en una oficina mayor que la mía.

Gracias, entre otras cosas, a haber pasado durante casi un año por gran parte de las oficinas de mi Zona, a modo de plantilla volante –a mí me gustaba llamarme bombero–, sustituyendo ausencias y resolviendo todo tipo de problemas operativos y administrativos, sí estaba preparado para ascender a un puesto de supervisión, lo que podría haber supuesto el inicio de una verdadera carrera profesional dentro del Banco, fuera de la red de oficinas.

Pero, aunque estuviese capacitado para ello, a mi jefe “no le daba la gana” que me ascendieran a un puesto de staff, porque estaba a punto de cumplir sólo 28 años.

Con esta perspectiva, casi condenado a permanecer en una oficina que hacía tiempo que se me había quedado pequeña, tampoco tuve que pensar demasiado antes de llamar a Recursos Humanos para reiterar mi interés por un traslado a Madrid, esta vez con fecha de caducidad: finales de septiembre.

El resto, ya es historia. Conseguí plaza en la Universidad, el traslado nunca llegó y, llegado el momento, solicité una excedencia y me lancé. Salté al vacío.

En descargo de mi antiguo jefe, hoy ya prejubilado, hay que reconocer que, como técnica de motivación, su discurso funcionó. Aunque no como a él le habría gustado.

Tres años después, pese a todo, le sigo dando las gracias por ello.

 

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6 comentarios leave one →
  1. eowyn permalink
    Miércoles, 23 septiembre 2009 10:07 am

    Cada decisión que tomamos sobre nuestras vidas tiene su momento y sus razones. Yo dejé mi trabajo fijo por venirme a Canarias sin indemnización ni paro ni ná de ná. Todos los que me conocían me decían akello de “estás loca”. Yo me tiré a la piscina y, cuatro años y medio después, puedo decir que no me arrepiento de nada. Aunk a veces pienso… cómo tuve tanto valor. (claro, por eso soy Eowyn jaja)

  2. Marta permalink
    Miércoles, 23 septiembre 2009 11:38 am

    En mi casa siempre he escuchado que en el banco solo ascienden los enchufaos, negaos, pelotas etc… asi que me alegro por ti. jeje

  3. teniente d'hubert permalink
    Miércoles, 23 septiembre 2009 5:04 pm

    En fin, lo importante es estar a gusto con uno mismo y con lo que haces… aunque a veces haya que pagar un peaje.

  4. Miércoles, 23 septiembre 2009 6:59 pm

    @Eowyn, en tu caso, tenías algo “físico” por lo que venirte. Yo, simplemente, me lancé a la aventura. Pero para los dos vale eso de que sólo lo consigue quien se arriesga.

    @Marta, aunque creo que hablamos de dos bancos diferentes, eso que cuentas pasa en muchas más empresas (sobre todo españolas) de las que te imaginas. 😉

    @D’hubert, no creo que se trate de pagar peajes o no por las decisiones, sino, como dice Eowyn, de arriesgarte y hacer lo que crees correcto en el momento oportuno. Lo más cómodo habría sido quedarme en el Banco y aguantar un par de años más en ese puesto. Y creo que eso sí que habría sido un peaje. Bastante alto, por otra parte.

  5. eowyn permalink
    Miércoles, 23 septiembre 2009 7:36 pm

    Es cuestión de poner los pros y los contras en una balanza y desde luego que siempre se pierde algo, lo que hay que valorar es si merece la pena.
    Quizá haberte quedado en el Banco hubiera sido una gran oportunidad, o no, quizá el haberte ido a Madrid ha sido lo mejor, o no, pero desde luego que las decisiones que se toman en conciencia y con ilusión tienen mucho más valor.

  6. teniente d´hubert permalink
    Jueves, 24 septiembre 2009 8:53 am

    Tu, por ejemplo, dejaste un trabajo fijo pero que ya no te colmaba por cumplir un sueño. Es evidente que has pagado un precio por ello. Ahora bien, solo tu puedes valorar si te ha compensado o no.

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