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La decepción de los muertos rientes

Sábado, 3 octubre 2009

Cuando, a comienzos del pasado mes de marzo, al pasar por delante de la Casa del libro de Gran Vía, descubrí que Pablo Tusset estaba a punto de publicar su tercera novela esperaba encontrarme con una obra, si no a la altura de la genial Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, al menos a la de En el nombre del cerdo. No sabía lo equivocado que estaba.

Sakamura, Corrales y los muertos rientesY eso que la sinópsis de Sakamura, Corrales y los muertos rientes (Destino, 2009) ya avisa de que no se trata de una historia al uso, algo que, por otra parte, tampoco sería de esperar, tratándose de una obra del escritor catalán.

La novela se inicia con las muertes de tres extranjeros en la Costa Brava. Aparentemente, los fallecidos no tienen nada en común, salvo que sus cuerpos presentaban una coloración rojiza y sus caras una extraña mueca en forma de sonrisa.

Esto es lo único que podría calificarse como normal en esta novela. Porque la investigación de los asesinatos recae en Rafael Corrales, prototipo de Guardia Civil al que podríamos calificar de chusquero, si no fuera porque se quedó en cabo, que contará con la ayuda del inspector Sakamura, un maestro Zen enviado por la Interpol, que inevitablemente recordará al personaje interpretado por Pat Morita –“Dar cera. Pulir cera”– en Kárate kid. Ambos estarán acompañados por la Agente 69, una sensual espía freelance contratada por el presidente de la Generalitat para entorpecer la investigación.

Porque, si los datos anteriores apuntan hacia una historia completamente surrealista y que, bien desarrollada podría llegar a ser hasta genial, esta se transforma en absurda cuando uno se entera de que todo sucede en una España post Zapatero y post borbónica –aunque monárquica aún– e inmersa en una profunda crisis económica y de identidad, en la que el lehendakari vasco no puede dejar de comer, mientras intenta averiguar los planes de un torpe comando abertzale del IKEA, y el presidente de la Generalitat catalana vive en un permanente ataque de aerofagia.

En definitiva, esta tercera novela de Tusset, en mi modesta opinión, intenta elaborar una crítica mordaz y humorística de la situación política de España en los últimos años, desde una “España inexistente”, nacida tras la desintegración del Estado actual, pero que tratando de crear una historia surrealista se queda, directamente, en el absurdo. Lo que viene muy bien para entretenerse en esas aburridas tardes de domingo. Pero sólo eso. No le pidan más.

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