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Forzando la voluntad

jueves, 10 febrero 2022
Macaco, Me olvidé de vivir

Anoche, casi cinco meses después de la última vez, logré forzar lo suficiente mi escasa voluntad y salí a correr otra vez. No fue mucho, dos kilómetros andando a buen ritmo para calentar, cinco kilómetros a trote cochinero y pensando que en cualquier momento iba a vomitar los pulmones, y otros dos kilómetros arrastrándome como una babosa hasta casa. Vale, si lo analizamos fríamente, fue decepcionante y corrobora que estoy en una forma física horrorosa. Pero, teniendo en cuenta que llevaba cinco meses queriendo empezar a correr otra vez, pero sin hacerlo, es un gran paso. El primero.

No voy a descubrir nada si digo que los dos últimos años han sido bastante duros. Creo que todos sabemos ya lo que es sufrir las consecuencias de una pandemia y todo ese rollo, pero es cierto que 2021 –y lo que llevamos de 2022– sí que han sido especialmente complicados, al menos en mi caso personal. Demasiado trabajo que cada vez me absorbe más tiempo y energía al que, en las últimas semanas, se han sumado serie de circunstancias personales sobrevenidas –cuyos detalles ahora no vienen al caso–, pero que también me han trastocado –y mucho– unas rutinas que ya venían bastante trastocadas. Algo que está amenazando con empezar a afectar seriamente a mi salud física –en el último año, para mi disgusto, he recuperado unos cuantos de los kilos que tanto me costó perder en 2018– y, lo que yo diría que es aún peor, mental.

Total, que aunque quería salir a correr, una actividad que desde que descubrí allá por 2012 –en un momento también complicado de mi vida– se ha revelado como un auténtico bálsamo mental, unas circunstancias u otras no me dejaban tiempo –ni ganas– para hacerlo. Porque el cansancio físico y mental hacían bastante mella en mi escasa fuerza de voluntad para dar el primer paso. Que siempre es el más difícil. Retomar el hábito, cuando conoces sus beneficios y ves que esas primeras semanas no puedes hacer lo que hacías antes y, sino que solo sufres sin recibir –todavía– la gratificación del esfuerzo continuado, es cada vez más difícil. Pero sabes que si no lo retomas, cuanto más tiempo pase, más te costará hacerlo y, por tanto, menos ganas tendrás. Es la pescadilla que se muerde la cola de toda la vida.

Por eso, necesitaba sacar fuerzas de donde no las había y obligarme a dar el primer paso. Forzar esa escasa voluntad y que se impusiera a esa apatía, a esa abulia, en las que el agotamiento me había sumergido. Porque, poco a poco y sin darme cuenta, me había dejado guiar por la rutina, el estrés y la presión. Hasta que, de repente y casi en el momento más bajo –por duro–, me he dado cuenta de que estaba empezando a olvidarme de vivir. Y no estoy dispuesto a ello.

Así que ayer, después de un día en el que no paré de hacer cosas casi ni un minuto, con las mismas pocas ganas –o menos, incluso– que el día anterior, decidí obligarme a ponerme las zapatillas y enfrentarme a la calima y los 24 grados que marcaba el termómetro de mi coche a las ocho de la tarde y salí a correr por primera vez en casi cinco meses. Y los resultados fueron mediocres, sí, pero, a la vez, fueron un triunfo. Porque, con este primer paso que espero poder empezar a consolidar mañana, he comenzado, al fin, a intentar cambiar al menos en lo que está en mi mano las cosas.

He dado el primer paso para no olvidarme de vivir. Sé que los meses que vienen por delante, tanto en lo laboral como en lo personal, van a seguir siendo duros; seguramente mucho más que los anteriores, pero al menos puedo elegir cómo afrontarlos. Y yo he decidido tirar de una fuerza de voluntad que hasta ayer creía agotada para no olvidarme de vivir. Aunque sea duro.

Macaco, Me olvidé de vivir, 2014.

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