Algo tan tonto como un café en el Prado
¿Cómo algo tan tonto como tomarte un café en la cafetería del Museo del Prado puede hacer que acabes a borde de las lágrimas al notar el primer sorbo? Sinceramente, no lo sé, pero es lo que me ha pasado hoy cuando decidí tomarme algo antes de entrar en la colección a ver el últimamente célebre Ecce Homo de Caravaggio.

Tomar café en la cafetería del Prado era algo que solía hacer con mi padre cada vez que íbamos a visitar una exposición en el Museo. Decía –y no le faltaba razón– que pagar apenas dos euros por un café –que no es malo– dentro del propio recinto, sin prisas, casi por el placer de retrasar el momento de encontrarte frente a frente con ese nuevo cuadro o con cualquiera de las obras que, por muchas veces que hayas contemplado, siempre te sorprenden con un detalle nuevo, era parte de la experiencia.
Todo eso me ha venido a la cabeza al tomar el primer sorbo. Y no lo esperaba. Era la primera vez que visitaba el Prado desde que no está y, para ser sincero, habría esperado que me pasara en cualquier otro momento, probablemente delante de algún cuadro. Como el crucificado de Velázquez, un lienzo cuya aparición al fondo de una sala dejó paralizado a todo un grupo de niños de doce años durante un viaje de fin de curso al que lo acompañé, en un instante que dio, por sí solo, sentido a ese viaje.
O delante del Jardín de las Delicias, una de las paradas obligadas cada vez que visitábamos el Museo, solo para comentar la precisión con la que el Bosco pintó un drago en la tabla izquierda, la del paraíso, cuando es más que probable que jamás viera un drago de verdad en toda su vida. Pero, sin embargo, esa punzada de dolor llegó en el momento más inesperado y, quizá, más pedestre de toda la visita. Tomando un café. Cuando aún no había empezado.
Tomar café en la cafetería del Prado era algo que solía hacer con mi padre cada vez que íbamos a ver una exposición en el Museo
Y, aunque en un primer momento ese instante me dejó un poco tocado, una vez asimilada la experiencia me sentí reconfortado. Y me fui a ver el Ecce Homo pensando en lo que habría comentado él de la expresión de Pilatos o de la viveza de las gotas de sangre que caían por la piel de un Cristo del que parece irradiar la luz del cuadro, más que ser receptor de ella. Y, claro, después de eso pasé por delante del crucificado de Velázquez para que se me pusiera la piel de gallina al recordar cómo su visión hizo el silencio entre un grupo de escolares al que era prácticamente imposible callar.
Seguí la ruta por algunas de las nuevas adquisiciones del Museo, por los imprescindibles de siempre o por los que llevan menos tiempo expuestos pero son ya también imprescindibles –las salas de Sorolla y el XIX, por ejemplo–, antes de bajar una planta para, como siempre, contemplar durante unos minutos –y a pesar de las decenas de personas que se agolpan frente a él– el Jardín de las Delicias y su prodigioso drago, y marcharme envuelto aún en esa extraña sensación que me acompañaba desde que tomé el primer sorbo de café.
Escribo esto seis o siete horas después de que haya ocurrido, a bordo de un vuelo que me devuelve a casa y no puedo evitar que se me vuelva a poner la piel de gallina mientras lo recuerdo. Tal vez, porque son estas pequeñas experiencias, estos momentos donde descubres que las heridas que creías ya cicatrizadas de vez en cuando vuelven a doler, los que te enseñan que aquellos que fueron importantes siguen y seguirán viviendo con nosotros durante toda la vida.
Pero eso, aunque te remueva por dentro, acaba haciéndote avanzar. Y descubriendo que aunque duela, siempre llevaremos con nosotros cientos de recuerdos que aflorarán en los momentos más inesperados, como ese tan tonto de tantos cafés en el Prado antes de volver a visitar el drago de el Bosco.
Madrid, 17 de junio de 2024.

