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La Montaña de Arucas tiene una toca

Jueves, 3 mayo 2007

Dice mi abuela que, en días como hoy, su padre recitaba: “la Montaña de Arucas tiene una toca / Si se la quitas, se vuelve loca”. Igual de loco está el tiempo. Esa toca que cubre la montaña a cuyos pies se desparrama la ciudad que me vio nacer y crecer, no es otra cosa que la humedad en forma de nubes bajas y lluvia que el alisio deposita sobre el norte de la Isla. Empeñado, claro está, en que uno no pueda disfrutar del sol y el mar que tanto ansía.

Porque llueve en Arucas y, también, llueve en Las Palmas de Gran Canaria. Me dicen que el Sur se libra, de momento, pero no se descarta nada. Durante mucho tiempo, ver llover en una tierra tan necesitada de agua como ésta ha sido una gran alegría para todos, sobre todo si se trata de lluvia serena y constante. Sin embargo, en esta época en la que sólo soy un visitante, de paso por mi tierra, se me antoja una ironía del destino -si es que existe-, dejar Madrid lloviendo, para venir a casa a ver llover.

Además, siempre me gustaron los días como el de hoy, que invitan a enroscarse bajo una manta con un buen libro, una película clásica o a una tertulia con unos pocos amigos delante de un café. Será que este tiempo me pone melancólico y, masoca que es uno, me gusta la melancolía. Cuando este tipo de días escasea, se agradecen, pero cuando uno se pasa el invierno en Madrid, de lo único que tiene ganas es de llegar a casa y ver el sol, nuestro sol, el que sí calienta.

Sé que aún me queda el fin de semana y procuraré escaparme al Sur, pero estamos en mayo y la playa de Las Nieves, con sus piedras, los restos del Dedo de Dios y su ambiente de pueblo y familiaridad llama de la misma forma que las sirenas llamaban a Ulises con sus cantos irresistibles. Miro por la ventana, aunque sigue gris, parece que no llueve. Me voy a la Feria del Libro. Buscaré alguna historia que hable de mar, de playa y de esos atardeceres en que el sol parece no querer irse nunca, mientras disfrutas, dejando que lama todo tu cuerpo, tendido en la arena. Mucho me temo que será la única forma que tenga de disfrutarlo, al menos en este viaje a casa y durante bastante tiempo, porque, por si no lo saben, en Madrid no hay playa.

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