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Trabajo en una cámara frigorífica

Jueves, 16 agosto 2007

En lugar de en una redacción, estamos trabajando en un congelador. A esa conclusión hemos llegado mis compañeras de sección y yo esta mañana, después de soportar no sé cuántos días ya de gélido aire acondicionado. Y es que parece que la empresa no ha escuchado las recomendaciones del Ministerio de Medio Ambiente y sus 24 grados, o no ha sabido regular la torre de refrigeración para que enfríe algo menos después de la desbandada del personal al que las vacaciones les ha llegado en estos días.

Mientras, una vez transmitidas las quejas por el frío a la intendencia, esperamos en el zulo a que se solucione el problema, mis compañeras han optado por llevar chaquetas al trabajo. Se las ponen al entrar y se las quitan al salir. El mundo al revés. Yo, por mi parte, no me quejo, aunque sufro un inconveniente que, curiosamente, no me acosó durante el pasado invierno. Y eso que lo temí.

El frío, por lo general y debido a que bebo mucha agua, me afecta de forma siguiente: mi vejiga suele recordarme con relativa frecuencia que está ahí. En Canarias, con la humedad que cala cualquier ropa de abrigo, en determinados lugares –como la casa de mi abuela–, en invierno me paso el día yendo al baño. Mi temor, al venirme a Madrid, era que esta situación se reprodujera.

Sin embargo, el frío invernal de esta meseta se ataja bastante bien bajo un par de gruesas capas de prendas de abrigo y la calefacción en interiores, por lo que durante el invierno no sufrí estas molestias. En definitiva, que lo que no me pasó en el invierno, lo llevo aguantando desde hace una semana en pleno verano, gracias al  aire acondicionado que debería hacernos la vida agradable.

Estoy pensándome muy seriamente abandonar el zulo, que es como llamamos a la sala que compartimos Finanzas y Legal y Fiscal –estos últimos cuando no están de vacaciones–, algo aislada del resto de la redacción. Estoy pensando, decía, en abandonar el zulo y emigrar a la cálida zona de Empresas, al menos hasta que la temperatura haya bajado desde cámara frigorífica hasta nevera. Porque yo no pienso llevarme una chaqueta. En verano es antinatural y, además, cualquiera le lleva la contraria a Narbona.

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