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Mis libros, mi tesoro

Jueves, 13 marzo 2008

Siempre había pensado que ir a los sitios en transporte público es una pérdida de tiempo. Al menos, en Canarias, porque desde que vivo en Madrid he descubierto la gran ventaja -junto con evitar los atascos- que tiene utilizar el metro o el tren para ir a trabajar: te permite leer mucho, algo que es bastante incómodo -si no imposible- cuando vas en guagua.

Desde que estoy trabajando, sé que cada día voy a leer durante alrededor de una hora; media al ir hacia la Agencia y otra media al volver. Hace unas semanas me quejaba de que los libros, leídos y sin leer, se acumulan en mis estanterías de forma alarmante, en gran parte, porque estoy leyendo un libro por semana. Tengo una amiga a la que le ocurría lo mismo hasta que empezó a sacar los libros de la biblioteca de su barrio.

Reconozco que es una buena solución. Y barata. Pero a mi no me sirve. Me siento muy incómodo cada vez que intento leer un libro que procede de una biblioteca pública. Supongo que es una suerte de trauma que arrastro desde segundo de BUP.

Ese curso tuve un profesor -por llamarlo de alguna manera- de literatura que sostenía que los libros hay que violentarlos. Según él, hay que subrayarlos, tachar sus páginas, invadir sus márgenes con anotaciones; en una palabra, violarlos. Sin embargo, para alguien que desde su más tierna infancia fue un lector compulsivo, esa actitud es casi una herejía, porque jamás he sido capaz de dejar cualquier marca sobre el sagrado papel impreso de un libro.

Para mí, la lectura es un acto casi íntimo, que requiere establecer una verdadera relación con la historia, sumergiéndote en ella por completo. De esta forma, el libro llega a convertirse en algo así como una amante y, como tal, requiere una relación exclusiva. Quizá por ello soy incapaz de prestar un libro fuera de mi círculo familiar y de amigos más íntimos. No sólo se trata de un temor físico ante la posibilidad de no recuperarlo, sino de algo más espiritual. Siento que estoy violando la confianza que ese ejemplar depositó en mi cuando llegó a mis manos. Me siento, casi, como si lo prostituyera.

Tampoco me siento cómodo cuando leo un libro que me ha prestado alguien que no entra en ese reducido ámbito. Da igual que sólo lo haya leído una persona; lo siento sucio. Es como si al leerlo traicionara de antemano la relación de intimidad que se establecerá entre la historia y yo, porque ya sé que va a ser una relación temporal y ese libro volverá con su dueño y yo no podré volver a él. Sintiendo esto, leer un libro de una biblioteca es casi como acudir a la prostitución.

La consecuencia es que no puedo pasar por una librería sin que se me vayan los ojos y mi tarjeta de crédito empiece a chillar, mientras mis estanterías se encuentran cada vez más abarrotadas.

Sé que se trata de sensaciones del todo irracionales y, casi con total seguridad, estúpidas, pero, precisamente por su irracionalidad, son superiores a mí. En tercero de BUP y COU, por suerte, tuve otro profesor de literatura, José Manuel, que transmitía auténtica pasión por los libros y la lectura. Fue, sin duda, el mejor profesor que tuve en esos años y uno de los mejores que he tenido a lo largo de toda mi vida. Probablemente, él censuraría todo lo que estoy escribiendo, puesto que da igual de donde provenga el libro. Lo importante es que se lea. Y lo peor de todo es que tendría razón.

Este profesor consiguió que volviera a interesarme de verdad por la lectura, después de que por culpa de su predecesor, perdiera casi todo el interés. Con su entusiasmo, José Manuel consiguió que volviese a creer que un libro es un tesoro y por ello le estaré eternamente agradecido.

Lo malo es que tengo que tratarlo como tal.

2 comentarios leave one →
  1. Shalom permalink
    Jueves, 13 marzo 2008 6:20 pm

    O sea, que tu propia biblioteca es algo así como un “sancta sanctorum” , vedado a los impíos…

  2. Jueves, 13 marzo 2008 6:54 pm

    Sí y no, porque al final casi siempre acabo prestando el libro, aunque, hasta que lo recupero, lo paso fatal temiendo que me lo devuelvan escrito, con páginas dobladas o el lomo arrugado. Como dije, es algo irracional. 😉

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