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Acción y reacción (El día más duro)

Viernes, 22 agosto 2008

Siempre pensé que la primera gran noticia, de esas que pasan a la Historia por su calado, parte de cuyo desarrollo me tocaría cubrir sería un atentado. Y sólo si la mala suerte me ponía en la tesitura de tener que hacerlo. Nunca pensé que esa noticia se presentaría tan pronto, en forma de catástrofe aérea y que, encima, nos tocaría tan de cerca.

Tengo que reconocer que cuando escribí mis primeras impresiones sobre el accidente, ya en la madrugada del jueves, aún estaba en una especie de estado de shock, no había reaccionado. El hecho de que empezara a trabajar nada más conocer la noticia, en una jornada larga e intensa, motivó que, a pesar de conocer todos los datos, aún no los hubiese asimilado.

Sabía lo que había pasado, era consciente de su gravedad y estaba muy impactado, pero la adrenalina generada a lo largo de toda la jornada me impedía asimilarlo. Todo eso cambió al siguiente día.

El jueves fue un día de sobreinformación o, mejor dicho, de mala información. La mayoría de las televisiones se dedicó a explotar el morbo que tanto parece vender, explotando una y otra vez la desesperación de los familiares de los fallecidos, en la espera por la identificación de los cuerpos, cuyo acoso habían iniciado a los pocos minutos de producirse el accidente. Las técnicas del mal llamado periodismo rosa, se unieron a un exagerado ejercicio de amarillismo informativo del que no escapa casi ninguna cadena de televisión, emisora de radio o periódico, ya sea digital o impreso.

De hecho, parece que, en general, en este asunto la mayoría de los medios ha perdido la cabeza y casi todo vale. Por no decir todo.

Tras una noche en la que el poco rato en que consigues conciliar el sueño tu cerebro se empeña en repasar una tras otras todas las imágenes del día, ver o leer determinadas cosas te arroja de lleno a la cruda realidad, el jueves fue el día de empezar a reaccionar. Así que, cuando a las nueve de la noche tuve que acercarme hasta las puertas del recinto ferial de IFEMA -donde se encontraban los cuerpos y los familiares-, ya iba algo tocado.

Durante la tarde me había enterado de que una de las fallecidas había sido compañera de facultad de uno de mis primos y de una buena amiga; que varias de las víctimas eran de Arucas y dos de los niños acudían al mismo colegio que mi primo pequeño. Y hoy me ha dicho mi madre que la madre daba clase en el Instituto de Bañaderos, en cuya biblioteca trabajó mi hermano durante dos cursos.

Además, desde ayer por la mañana, no puedo evitar recordar con insistencia un sueño que tuve hace tiempo y que algunos han calificado casi como premonitorio, aunque sólo sea una macabra coincidencia.

En IFEMA no había contacto con los familiares, ya que salían del recinto en guaguas y los cuerpos estaban siendo trasladados al cementerio de la Almudena. La siguiente parada, a eso de las once y media de la noche fue el Hotel Auditorium, establecimiento contratado por Spanair para alojar a los familiares de las víctimas y lugar a donde los llevaban las guaguas.

Nada más llegar al hotel, me rompí; anímicamente me vine abajo. En poco más de una tarde había tenido que asimilar todo lo que había contado el día anterior y muchos datos que acercaban la tragedia aún más. Pero, sin duda, lo peor de todo fue ver las caras de los familiares, su angustia, su cansancio y su dolor. No es lo mismo verlo por televisión que afrontarlo como testigo presencial, en vivo, en primera persona.

No sé si será por el acento, pero me identifiqué con ellos, con su dolor. Y vi mi propia reacción en la mayoría de los compañeros presentes. Nadie hizo preguntas. Si alguien quiso hablar, lo hizo. Quien no, entró en el hotel y se fue a su habitación tranquilamente.

Tengo que reconocer que anoche lo pasé mal. Quizá no fui todo lo profesional que debí y me impliqué demasiado. He cubierto otros sucesos en los que no me había pasado nunca y cubriré otros en los que, supongo, no me volverá a pasar. Tampoco tendrán la misma magnitud que éste.

Hoy, aunque ya me encontraba mucho mejor que ayer, agradecí tener que ir a La Almudena, donde sabía que no iba a haber familiares y, por tanto no se repetirían esas escenas. Por suerte, en unos días la tensión y el cansancio desaparecerán y, tras las vacaciones, esta semana sólo será un mal recuerdo.

Para los familiares de las víctimas y para los pocos supervivientes, por desgracia, siempre será la semana que marcó fatalmente sus vidas.

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