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Avería eléctrica

Martes, 21 junio 2011

Siempre he tenido bastante respeto a la electricidad, aunque debo confesar que soy incapaz de determinar con exactitud a qué momento de mi vida se remonta el inicio de la fascinación que también me despierta. Sí creo que no ando muy desencaminado si sitúo el nacimiento del respeto en algún calambrazo que pude llevarme en mi más tierna infancia y, tal vez, la fascinación surgió junto con aquel extraño sabor metálico que nos dejaban las pilas de petaca que usábamos para alimentar los circuitos eléctricos que construíamos en clase de Tecnología cuando aplicábamos sus bornes en nuestras lenguas.

Con la extraña habilidad que poseo para atraer la electricidad estática, e ir recibiendo corrientazos procedentes de la mitad de las superficies metálicas –y algunas no metálicas– que toco, de lo que sí estoy seguro es de que el hecho de haber vivido en un piso que intentó asesinarme electrificando sus elementos de fontanería, no ha hecho sino aumentar esa aprensión casi patológica hacia la electricidad. Y con razón.

Porque si a esto le sumamos que viví también en otro piso que apenas contaba con enchufes y en el que la instalación tenía la desagradable manía de hacer saltar los plomos dos de cada tres veces que enchufaba la lavadora y una de cada dos que hacía lo propio con un calefactor que databa de una época anterior a Cuéntame, y en un tercero que te soltaba un corrientazo cada vez que, despistado, tocabas un elemento metálico de la lavadora y el fregadero (o el fregadero y el embellecedor de la vitrocerámica, el borde de la placa y el tambor de la lavadora o, incluso, una hoja de papel de aluminio o la bandeja del horno, siempre que estuviesen tocando simultáneamente los bordes del fregadero y la vitrocerámica), la situación comienza a ser un tanto desazonadora y uno puede empezar, no sé si con razón, a ponerse un tanto paranoico.

Por eso, me perdonarán si ando un poco susceptible ahora que tenemos una avería en casa que se dedica a dejarnos sin electricidad cada dos o tres domingos y que este fin de semana, además de dejar sin corriente la mitad de la instalación, vino acompañada de una serie de chisporroteos y un desagradable olor a cable quemado y que nada tenía que ver con el que desprendían los mandos y el transformador de los scalextric de mi niñez después de un par de horas de uso.

Así que, hasta que no se arregle, no me queda más remedio que ir, medio a oscuras, buscando por toda la casa mediante el método de ensayo y error un enchufe que tenga corriente y me permita cargar la ya casi exhausta batería del ordenador, mientras cruzo los dedos y pido a las fuerzas de la naturaleza que jamás me pille una tormenta con aparato eléctrico en medio del campo. Porque, con la tortuosa relación que mantengo con la electricidad, no soy capaz de asegurar que no vaya a caerme encima un rayo.

Alaska, No se ría, 1984.

[Fotografía de keyseeker/Morguefile]

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3 comentarios leave one →
  1. teniente d'hubert permalink
    Miércoles, 22 junio 2011 3:52 pm

    “cuando aplicábamos sus bornes en nuestras lenguas” ???? PERVERTIDO!!!!

  2. Jueves, 23 junio 2011 12:04 am

    ¡Ay, @D’Hubert, cómo se nota que tú no tuviste la asignatura de Tecnología en el colegio!

  3. litri permalink
    Viernes, 30 mayo 2014 1:40 am

    ha,ha,ha muy bueno,bien contado.A la electricidad hay que tenerle respeto.
    Mucha gente se lleva descargas con la electricidad estática al tocar el coche.!Flipa¡

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