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Dos trenes, dos mercados y una reflexión

Martes, 24 junio 2008

Ya he comentado en alguna ocasión la revelación que me supuso descubrir la obra del periodista polaco Ryszard Kapuscinski. No sólo porque fue un gran corresponsal, un reportero nato con una inmensa capacidad de observación y literaria, sino porque todo lo que he podido leer de él lleva a un mismo camino: a la reflexión.

Hace unas semanas ya escribí acerca de las similitudes entre el África de los señores de la guerra que nos cuenta Kapuscinski y la situación actual de la antigua Birmania, tras ser arrasada por un ciclón. Unas páginas antes de llegar a ese pasaje de Ébano podemos leer el comienzo de un viaje en tren que lo llevaba desde la senegalesa Dakar hasta Bamako, la capital de Malí.

Aunque parece un poco largo, es algo más de una página y merece la pena leerlo, no sólo por lo que cuenta, sino, también, por su enorme calidad literaria y su gran poder evocador.

“Nos ponemos en marcha. Al principio, el tren bordea el viejo Dakar colonial. Hermosa ciudad costera de colores pastel, pintoresca, levantada, entre playas y terrazas, sobre una península diminuta, recuerda un poco a Nápoles y otro poco a los barrios residenciales de Marsella o a las primorosas afueras de Barcelona. (…) Y entonces, de repente, en un instante, el compartimento se vuelve oscuro y en el exterior se oye un estruendo espantoso y unos gritos desgarradores (…).

¿Qué ha pasado? Veo que los exuberantes jardines en flor han desaparecido, se los ha tragado la tierra, para dar paso al desierto, pero un desierto poblado, lleno de cabañas y chozas; a arenas en las que se extienden los barrios de la miseria, un caótico amasijo de chabolas, una lóbrega bidonville típica, de las que rodean a la mayoría de las ciudades africanas. Y como en nuestra bidonville se vive muy apretado, sus cubículos, agolpados y aglomerados, casi se suben uno encima de otro, y el único sitio libre donde poner el mercado son el terraplén y las vías del ferrocarril. Así que hay aquí un movimiento febril desde la madrigada. Las mujeres exponen sus mercancías directamente en el suelo o en palanganas, bandejas y taburetes. Sus plátanos, tomates, jabón y velas. Estrechamente juntas, una se pone al lado de la otra, hombro a hombro, como manda la costumbre africana. Y de pronto se acerca el tren. Desbocado, se acerca con estrépito y a toda velocidad y lanzando silbidos. Y entonces, presa de pánico y terror, todo el mundo, gritando, se pone a recoger todo lo que puede, lo que le dé tiempo de salvar y empieza a huir en desbandada. No pueden apartarse antes porque nunca se sabe a ciencia cierta en qué momento aparecerá el tren y, por añadidura, desde lejos no se lo ve venir, pues aparece de repente saliendo de una curva. De modo que no queda otro remedio que salvarse en el último momento, en ese instante en que el desbocado monstruo de metal se abalanza sobre las cabezas de la gente mientras corre como un mortífero cohete.

A través de la ventanilla veo a una multitud que huye en desbandada, veo rostros asustados, brazos que se extienden en un gesto reflejo de defensa, veo cómo las personas caen, ruedan terraplén abajo y se protegen la cabeza. Y todo esto, en medio de nubes de polvo, bolsas de plástico, jirones de papel, trapos y cartones que vuelan.

Tardamos mucho en atravesar el mercado, dejando atrás gruesas nubes de un polvo que se posa sobre el maltrecho paisaje del reciente campo de batalla. Y también a la gente que, con toda seguridad, ahora intenta devolver cierto orden a las cosas. Entramos en la sabana, vasta tranquila, desierta y cubierta por acacias y arbustos de endrino. Madame Diuf dice que el momento en que el tren destruye el mercado -parece incluso que lo haga saltar por los aires- es el sueño de los ladrones, que sólo esperan a que se produzca. Ocultos tras la cortina de polvo que levantan las ruedas de los vagones, aprovechan la confusión para abalanzarse sobre las mercancías diseminadas por el suelo y robar cuanto puedan.

Ils sont malins, les voleurs! -exclama casi con admiración.

Digo a los jóvenes escoceses que en las últimas dos o tres décadas ha cambiado el carácter de las ciudades africanas. Lo que acaban de ver -el hermoso Dakar mediterráneo y el terrible Dakar del desierto- ilustra muy bien el fenómeno que se ha producido en las ciudades”.

(Ébano: Kapuscinski, Ryszard, Editorial Anagrama, Barcelona, 17ª Edición, diciembre 2007, pp. 285-286)

Cuando leí estos párrafos, casi de inmediato, vino a mi mente un vídeo que había recibido por correo un par de veces, en el que se puede ver una escena muy parecida, ocurrida en un mercado de Bangkok.

Da igual que ya no estemos en los años posteriores a la descolonización, sino en pleno siglo XXI. También es indiferente que cambiemos de país o, incluso de continente. Hay escenas que, con pequeñas variaciones, siguen repitiéndose a lo largo de años y años.

En la segunda mitad del pasado siglo, una pequeña parte del mundo -Europa y Norteamérica- emprendió un avance espectacular que aún no se detiene. Sin embargo, una gran parte del mundo -prácticamente el resto- quedó estancada, repitiendo las mismas escenas una y otra vez, hasta llegar, inalteradas, hasta nuestros días.

No digo que sea una labor individual el poder cambiar la situación. Sólo digo que merece pararse a reflexionar durante unos minutos hacia dónde camina este mundo nuestro.

Tal vez, si todos lo hiciéramos, cambiaría nuestra perspectiva y, con ella, la realidad.

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One Comment leave one →
  1. Aetna permalink
    Viernes, 27 junio 2008 12:04 am

    Hola Ruymán,

    Me ha llamado mucho la atención tu blog y no me he podido resistir a añadir un comentario :). Me ha llamado la atención su título, justo porque cuando cinco meses antes que tú aterricé en esta nuestra capital, busqué desesperadamente en la web algo parecido a lo que tú has creado, para sentirme un poco más en casa.

    Respecto a Kapuscinski, he leído ‘Ébano’ y ‘El Imperio’ y ahora quiero ir a por ‘Otro día más con vida’. De los dos libros suyos que he disfrutado por ahora, mi humilde apreciación personal: no sólo se nos presenta el panorama político, económico, el trasfondo histórico y social de los sitios que visita. Ryszard nos muestra además el carácter, la moral, los valores humanos de sus gentes, revelándonos que las verdades, los ideales y hasta la apreciación del tiempo, el sentimiento de culpa, la valentía o la curiosidad, son conceptos y comportamientos tan variados y aprendidos como el idioma.

    Como dices, no es una tarea individual cambiar el mundo. Pero el conocimiento y la información son imprescindibles para, al menos, ser concientes de que no vamos por buen camino. Es el primer paso para mejorar.

    Si no has leído ‘El Imperio’, te aconsejo que te armes de un mapa de la antigua URSS y que te sumerjas en él. Te va a gustar.

    Agradecerte este blog. Espero que el tiempo (en mi concepto occidental, preciado, huidizo y de ritmo vertiginoso 😉 ) me permita visitarlo de vez en cuando,

    De una canaria en Madrid 🙂

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