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El horizonte madrileño

sábado, 30 junio 2007

Existe un tópico muy asentado que dice que la gente de costa, pero sobre todo los isleños, no son capaces de llevar muy bien el hecho de vivir en un lugar donde la mayor extensión de agua que puedes ver es el lago del Retiro. Confieso que, acostumbrado a ver prácticamente desde cualquier lugar de la Isla al menos un resquicio de mar, pensaba que iba a ser una víctima propicia para ese tópico. Por ello, al no echar excesivamente de menos el azul del mar en alguna esquina del horizonte, hasta he llegado a sentirme culpable. Igual que al no llorar como una magdalena al cruzar el control de seguridad del aeropuerto, caminito de Madrid.

De hecho, creo que, hasta hoy, lo que verdaderamente he echado de menos es nadar, pero nadar en agua dulce o salada. Sólo nadar. Porque en Gran Canaria, fuese invierno o verano, lloviera, hiciera sol o nos asfixiase la calima, nadie me quitaba mis tres sesiones semanales en la piscina. Sin embargo, aquí durante el invierno, con el intenso frío, las ganas de nadar fueron, más bien, pocas.

Ahora con el verano, al saber que me quedo, esas ganas han aumentado de forma considerable. Tengo que buscar una piscina que pueda compatibilizar con el que va a ser mi alocado horario durante los dos próximos meses. Y tengo que hacerlo ya. Sobre todo porque echo muchísimo de menos hacer algún deporte que no sea caminar bajo un sol de justicia. También, porque creo que, desde hace un par de meses, mi barriga está amenazando con crecer un poco más y, después de haberme deshecho de gran parte de ella, no es plan facilitarle tanto la vuelta.

El mayor problema de Madrid es que no existe la posibilidad de ir a la playa. Creo que, en el fondo, no se trata tanto de echar de menos el mar, como la posibilidad del mar. El saber que está ahí, al lado, que en cualquier momento te puedes escapar a la playa o, simplemente, asomarte a la costa y dejarte embriagar por su suave brisa. Por eso marca tanto, es tan importante, ese cachito de mar que se puede ver desde cualquier rincón de la Isla.

Sin embargo, esta mañana ocurrió algo extraño. Poco después de las seis, me encontraba con a un grupo de amigos, de vuelta de La Latina, cerca del Palacio Real, camino del Metro en la Plaza de España. Entre la bruma del amanecer, la sierra comenzaba a recortarse en el horizonte. No sé si sería un efecto óptico causado por la contaminación y la luz de la mañana o una consecuencia natural de no haber dormido en toda la noche, pero lo cierto es que el perfil de las montañas me recordó al mar. Al horizonte en esos días nublados en que las nubes parecen unirse con el Atlántico, sin dejarnos distinguir la línea que separa el mar del cielo. Ésa desde la que, según contaba Julio Verne, en una de mis novelas favoritas, el sol dejaba escapar un rayo de luz de un color verde indescriptible, justo en el momento de ocultarse por completo para dar paso a la noche.

Y en ese momento, pese a no haber dormido o, tal vez, gracias a ello, fui consciente de lo que me ha pasado durante los nueve últimos meses. No es que no haya añorado el mar hasta ahora. Es que, como el corazón de Madrid no tiene horizonte, no me había dado cuenta de que al llegar a sus bordes lo único que se ve es la vasta Meseta Central.

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