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Retorno al pasado

Viernes, 21 agosto 2009

Hace poco más de ocho años, justo tras acabar Derecho, durante un tiempo tuve un sueño recurrente. En líneas generales –porque los detalles variaban de una noche a otra– el argumento consistía en que, por cualquier motivo –siempre era absurdo–, me había dejado una asignatura sin cursar y tenía que presentarme al examen y aprobarla –sin haber ido a clase ni conocer el temario– si quería acabar la carrera.

SoñandoEl escenario en el que transcurría el sueño podía variar. A veces era en la Facultad y otras en el colegio en el que cursé la EGB, pero casi nunca en el instituto. Las personas, también cambiaban. Una noche eran profesores de la carrera, mientras que la siguiente eran los del instituto. Lo único que permanecía siempre igual era la ansiedad que me provocaban y el sobresalto con el que despertaba.

Sin embargo, tal y como llegaron, con el tiempo desaparecieron. Por ello, achaqué su aparición al fuerte estrés que había sufrido durante el último tramo del curso. Imaginé que era una forma más en la que se manifestaba la tensión acumulada. Una vez que esta se fue, me dije, el sueño se fue con ella.

Pero años más tarde, volvió sin avisar. Y dos veces. La primera coincidió con los preparativos de mi traslado a Madrid y el comienzo de los estudios de Periodismo. El segundo retorno, también en Madrid, vino junto con el final de los exámenes del segundo cuatrimestre del último curso de esta carrera.

Ambas veces, las distintas variantes del sueño duraron poco tiempo. Sin embargo, la temática comenzó a variar. Así, mientras las primeras veces la carrera que debía terminar era Derecho, esta última vez podía ser cualquiera de las dos, aunque los sueños mostraban cierta preferencia porque fuera Periodismo.

Los motivos de que no la hubiera acabado a tiempo también cambiaron. Esta vez me veía perdiéndome una asignatura porque estaba trabajando en el Banco y no podía ir a clase. O estudiaba ambas carreras a la vez y los profesores de una me presionaban para que desatendiera la otra, cosa que sus homólogos me echaban en cara cuando me presentaba a un examen sin haber pisado su clase y sin haber visto siquiera la portada de sus apuntes.

Aunque estos últimos episodios duraron poco, su recuerdo me persiguió –al igual que el del primero– durante bastante tiempo, porque el agobio que provocaba la sensación de realidad que se vivía en ellos era demasiado intenso. Tanto, que sobrevivía al propio sueño.

Cada vez que tenía este sueño, me despertaba empapado en sudor y tan desorientado que necesitaba un par de minutos para superar el desconcierto inicial y darme cuenta de que había sido un sueño y recordar que los títulos que acreditan mis estudios estaban allí, donde tenían que estar.

Ahora me preocupa que, sin saber porqué –más allá del incómodo calor de las últimas noches–, hace un par de semanas que vuelve a repetirse en sus múltiples variantes.

Por suerte, sé que sólo es un sueño. Pero no me gusta nada.

[Fotografía de EmmiP/Morguefile]

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