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El padre de Ena

Domingo, 8 marzo 2015

Sé que llevo mucho tiempo sin escribir en esta bitácora –los inicios de cualquier proyecto son duros y los de este, aunque satisfactorios, lo parecen aún más– y mucho más sin reseñar como se merece alguno de los muchos libros que he leído en los últimos años. Cada vez que hablo de ello hago propósito de enmienda y, sin embargo, no sé si por falta de tiempo, ganas o ánimo, nunca termino de ponerme a ello.

Un ejemplar de NadaLa novela que acabo de terminar de leer, Nada, de Carmen Laforet, es una buena candidata para revertir esa tendencia. Aunque solo sea porque ganó la primera edición del premio Nadal o porque, según los expertos, inaugura junto con La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, la novela de posguerra española. Sin embargo, no voy a hablar de la crisis existencial de su protagonista, atrapada entre dos mundos, opresivo y asfixiante, uno, y lleno de libertad, pero tal vez vacío y superficial, el otro, en la Barcelona de inicios de la posguerra, ni de cómo a lo largo de un año va dejando atrás su adolescencia para pasar a una indolente adultez.

No. Hoy, simplemente, aprovecho unos minutos de tranquilidad en esta sobremesa de domingo para traerles este pequeño fragmento:

El padre de Ena sonrió:
–Yo me voy arriba, mis niñas. Ya subirás, Ena.
Nos saludó con la mano. El padre de Ena era canario y aunque había pasado la mayor parte de su vida fuera de sus islas conservaba la costumbre de hablar de la manera especial, cariñosa, propia de su tierra.

(Laforet, Carmen; ‘Nada’, Austral, 2010, pág. 210)

Porque, no voy a negarlo, me ha sorprendido –y encantado a partes iguales– encontrar una definición tan certera y ajustada de la forma de hablar de una tierra en apenas un par de líneas. Y, sobre todo, porque fue expresada por una joven escritora criada en Gran Canaria y que debutaba, en plena posguerra, con una novela llamada a convertirse, con sus defectos y sus virtudes, en una de las obras más importantes –y, tal vez, injustamente olvidadas– de la narrativa española del siglo XX.

Porque, más de 70 años después, Nada sigue mereciéndose una lectura.

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